miércoles, 10 de octubre de 2018

Siente

Un escalofrío me recorre la columna y una certeza me inunda interiormente. Decido ignorarlo, porque carece de lógica, porque me convenzo a mí misma de que no posee sentido alguno. Es mi intuición la que habla, la que me grita en ocasiones; pero no la escucho, porque me han convencido -o me he convencido de- que la razón es más importante, de que prevalece sobre el sentimiento. Eso es lo que nos ha enseñado la sociedad actual: a enterrar las emociones, a sepultarlas bajo el grueso manto de la sensatez. Actuamos continuamente ocultos tras el velo del raciocinio, empujando cada vez más hondo los sentimientos que luchan por aflorar. "No tiene sentido", nos decimos continuamente, "sólo son tonterías". Y son esos los pensamientos que amordazan al corazón y lo silencian con el puño del intelecto. 
Pero, ¿y si hiciéramos caso de lo que nos grita el alma? ¿no seríamos más felices siguiendo los designios de nuestra voz interior?
Creo que, al fin y al cabo, la vida es como el frío de septiembre, ese frío que aparece de repente y sacude hasta el último de tus cimientos; que atraviesa el más hondo de los abismos y te despierta, dejando en tus huesos un escalofrío permanente. Así es cómo la vida debería de sentirse, como algo revelador, que no puede obviarse; como algo que despierta de su letargo y te desgarra internamente. No sólo el fuego arde, ¡el frío quema los corazones y derrite las miradas! Supone el más hermoso de los espectáculos: contemplar el hielo arder con la misma intensidad que una hoguera ¿Contradictorio? Tal vez, mas esa es la paradoja del invierno (y de la vida).
Desgraciadamente, vivimos en una época en la que se predica el abandono emocional: preferimos cosernos las heridas antes de sufrirlas, quedarnos en casa mientras nieva. ¡Infame indecisión! Que nos obliga a encerrarnos en nuestra burbuja y zafarnos de lo real, de lo que nos estimula. 
¿Qué vida es aquella con la que se hace de todo menos vivir?
¡Siente, joder! ¡Rómpete en mil añicos y desgárrate el alma! Sólo perdiendo tus pedazos sabrás cómo es estar entero, qué significa la palabra "sueños". Grita. Grita tan alto como tus pulmones te permitan y, cuando te quedes sin aliento, baila, corre, salta... Pero, sobre todo, no pares de ser, de existir en ti mismo. Golpea tan fuerte como enero, llora tanto como abril y, después, cuando pase la tormenta, ilumínate como junio lo hiciera. Ese es el círculo de la vida.
Después de todo, cuando te des cuenta de que no lo hiciste, será demasiado tarde. La nada absorberá cada parte de tu esencia y te convertirás en un número más de la lista de personas que pudieron pero no quisieron, de aquellas que no arriesgaron y lo perdieron todo.

Vive. Siente. ¿Qué más da todo lo demás?


jueves, 17 de mayo de 2018

Delirio


 Siento las agujas de tus besos clavándose en mis entrañas y los suspiros de las estrellas sobre nosotros. Algo dentro de mí se revuelve nervioso ante la certeza de las emociones apoderándose de todo mi ser sin raciocinio alguno. Tus manos dejan tras de sí pequeñas marcas silenciosas sobre mi piel que arden con la intensidad del sol de verano, pese a que el frío de enero parece materializarse entre nuestros alientos. La ternura de tus gestos me transmite serenidad y calma, como si estuviese en casa, como si nada hubiera cambiado, aunque no hay ni un solo resquicio por el que puedan colarse los recuerdos.                                      
Cuando apoyo mi frente sobre la tuya y nos miramos, el tiempo se paraliza por un momento y tus pupilas se dilatan ante las mías. Sonrío. Quizá está bien esto de dejarse llevar, el no pensar y el vivir simplemente sintiendo lo que has de hacer, sin preguntarte qué es lo correcto y qué no lo es. Supongo que es preferible la calma de un recuerdo bonito que el dolor de haber intentado direccionar lo que no debe ser direccionado. La comprensión y la complicidad, sobre la inseguridad.

Puedo admitir, sin asomo de duda, que conozco cada cicatriz de tu cuerpo y las expresiones de tu boca cuando ríes o lloras. Puedo decir, sin miedo, que permanecerán en mi memoria para siempre; y esa certeza cobra la fuerza de un mazo que cae sobre la cuidadosa tela que yo misma había construido sobre mi corazón, rompiéndola sin miramientos. Pero nada importa, sólo el juego de dos latidos sincronizados que se susurran en las noches sin luna y en los días tormentosos, buscándose sin encontrarse.                                                                                                                
Tus dientes aprisionan mi labio inferior con pasión, desgarrando la realidad que amenaza con descomponernos. Y cada vez nos sumergimos más y más en ese frenético deseo que nos envuelve con la delicadeza de un primer beso, de un primer “te quiero”.

Y de repente. Abro los ojos y despierto. Todo ha sido un sueño. El fantasma de tu risa es palpable en el aire, pero ya se ha ido. Miro al techo con el rostro impasible y me levanto, fingiendo que no siento el roce de tus labios en mi frente, haciendo caso omiso a las protestas de mi corazón.

Mi vida sigue. Y la realidad de tu ausencia es la apabullante prueba de que sí, de que merece la pena el dolor de los recuerdos frente al delirio exquisito de una caricia, de una mirada infinita.

Espero poder coser mi preciosa tela despedazada.

domingo, 6 de mayo de 2018

¿Sociedad?

Estoy cansada. Cansada de sentir cada día el peso de una deuda inexistente con la sociedad. De que la actualidad me engañe haciéndome creer que mi obligación es dar parte de vida a través de fotos que no me definen, para hacer ver a los demás que así es. Estoy harta de sentir que el mundo me rechazaría si no tuviera una cuenta en Instagram, Facebook o Twitter, y de callarme ante las personas que fingen conocerme por mis posts o comentarios en redes sociales.
Parece que cada vez se nos valora más por nuestra repercusión en la red y no por nuestras habilidades o forma de ser. Y nosotros mismos vamos encerrándonos poco a poco en una burbuja cuyo tamaño va reduciéndose, hasta el punto de asfixiarnos todo lo posible y terminar cediendo ante el patrón casi dictatorial que nos subyuga.
Hoy en día todo el mundo actúa de manera que si no existes en Internet, no existes en absoluto; y no se te ocurra siquiera imaginar que tu opinión vale algo si no tienes likes que la respalden. Nuestros ojos ya sólo conocen la realidad virtual y una relación humana se mide en fotos compartidas y horas hablando por WhatsApp. 
Yo me he cansado. Me he cansado de que mi mente se retuerza ante las normas invisibles que respiramos a cada segundo y de que las cosas que no publicas no cuenten. Me he cansado de tener en mi vida cosas y personas que no me aportan nada, de vivir en una sociedad consumista que te incita a gastar y comprar cosas que no necesitas, como si una sólo fuese bonita cuando lleva la camiseta adecuada o los pantalones que le hacen mejor culo.
Decidme, ¿qué hay de las cosas de verdad? aquellas que provocan los mayores sentimientos pero que tan pocas personas saben apreciar. Por ejemplo, ¿qué ocurre con los amaneceres puros? esos que no tienen una línea gris de contaminación que les precede. Los que te vas a ver a las siete de la mañana por placer y contemplas sin necesidad de sacar tu móvil para enseñárselo a los demás. Esos que te transmiten libertad, pureza.                               
¿Y las sonrisas? Pero no esas de los selfies que pretenden decir "soy muy feliz" pero que transmiten todo lo contrario. No. Yo hablo de las sonrisas a escondidas, las carcajadas con tus amigos, las lágrimas de felicidad, la risa entre beso y beso en una noche de verano... Las que enmarcan los mejores recuerdos y que vuelven con la fuerza de un huracán cuando las revives en tu mente.
A mí me gusta sentir el viento en el rostro sin pensar en cómo quedará mi pelo después, me gusta mirar las estrellas por las noches, escuchar el silencio que se cierne sobre los árboles en un día despejado y hacer viajes con mis amigos sin tener que documentarlo.
¿Y dónde han quedado los días de borrachera? Pero los de verdad, no los que te grabas con tus amigos para subir a Instagram y demostrar a gente que no te importa algo que no les importa. Cuando te despiertas a la mañana siguiente con una resaca monumental, pero con una sonrisa de oreja a oreja porque lo único en lo que te centraste fue en pasarlo bien y no en llamar la atención de nadie.
Esas cosas. Las que parece que no existen en las mentes de la gente y que, pese a ser las realidades más naturales y divinas, no son relevantes para el mundo en el que vivimos.
Ay, sociedad, qué necesaria eres pero cuánto mal causas. La verdad es que nosotros formamos la comunidad en la que vivimos, y por lo tanto, somos nosotros los que la moldeamos. 
En absoluto quiero hacer pensar que es malo tener redes sociales o hacer lo que a cada uno le dé la real gana, pero sí que quiero hacer constatar que cada vez nos damos menos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor, intentando demostrar al resto cómo vivimos sin vivir realmente.

viernes, 4 de mayo de 2018

Desarrollo personal

Ya decía Platón que el ser humano vive encadenado, desconocedor de la verdad e inmerso en una gran oscuridad ante la que sólo distingue sombras confusas. Mas llega un momento en el que ha de abrir los ojos y salir a la luz, a la realidad del mundo. 
Yo misma he llegado a una conclusión similar, y puedo decir sin miedo a equivocarme que todos experimentamos dicho cambio en nuestro interior. No hablo necesariamente de la verdad absoluta del mundo y el cosmos, sino más bien de la que hay en uno mismo, de la difícil decisión de dejar atrás la propia mentira que adoptamos como cierta para consolarnos o para ser felices. La vida es incierta y nuestro destino es avanzar por ella a ciegas, aunque ello no quiere decir que debamos permanecer impasibles ante lo que experimentemos, más bien todo lo contrario. 
Supongo que lo que intento decir es que llega un momento en el desarrollo de cada persona en el que decides actuar y dejar atrás algunas cosas. Y sí, da miedo aceptar el olvido, recordar que nuestra mirada tiene que volver a enfocarse sobre ese punto del horizonte que parecía haberse borrado de nuestra memoria. Pero en ocasiones es necesario dejar de aferrarse a aquello que permanece a nuestras espaldas, pues es el único modo de evolucionar y seguir aprendiendo de los errores.           
Quiero creer que mi vida es algo más que un proceso cíclico ante el que doblegarme. Prefiero pensar que yo misma construyo mis pasos hacia delante y que nadie me retendrá a menos que yo lo permita  -cosa que no haré-. Al fin y al cabo, no nos definen las cosas que nos ocurren, sino cómo reaccionamos ante ellas y cómo decidimos enfocar nuestra visión a partir de ello.                                 

Hoy yo tomo las riendas de mi vida. Hoy yo elijo progresar y crecer.

domingo, 4 de febrero de 2018

¿Sentido?

-¿Y qué piensas de la vida?- le preguntó Elliot con curiosidad mientras se sacaba el cigarrillo de la boca.
-Prefiero no pensar en ella- le respondió Madison mientras se subía la cremallera hasta arriba para evitar que el frío de principios de enero se colase por algún resquicio de su ropa.
-¿Y eso por qué? ¿No es la vida lo más importante que tenemos?- las comisuras de su boca se levantaron provocadoramente mientras alzaba la vista al cielo para contemplar las estrellas que se arremolinaban a su alrededor.
-No he dicho lo contrario- se encogió de hombros.
-¿Y qué sentido crees que tiene?
-No creo que tenga sentido. Nada de esto lo tiene.
-¡Cómo puedes pensar tal cosa! ¿Y para qué vivir entonces?- dijo él con estupefacción mientras sus mejillas se sonrojaban como consecuencia del frío. Ella le miró y una chispa de diversión se encendió en sus ojos.
-Las mejores cosas no son lógicas. ¿Por qué buscarle el sentido entonces? En el momento en el que lo encuentras comienzas a desvivirte por ello. Prefiero existir sin pensar en qué me espera ni en por qué lo hago. La vida merece ser vivida por sí misma, no por alguna causa que queramos darle para consolarnos y no asumir que vivimos por nada.-suspiró y aceptó el cigarrillo que le tendía. Él adoptó un gesto pensativo y se rió.
-Pero entonces sí que le das sentido. Vives por la propia vida. Eso ya es una razón-. Le guiñó un ojo y se acercó un poco más a ella.
-No, me dejo llevar. La mayoría de la gente sufre mientras busca una causa para su camino, un objetivo en el que enfocar sus pasos. No pienso que esté mal, es una filosofía distinta, yo sólo digo que a veces perdemos demasiado tiempo en preocuparnos por los detalles, cuando en realidad es lo menos importante-. Tiró la colilla al suelo y apoyó los brazos en la barandilla que les separaba del lago en el que se encontraban-. Por ejemplo, ¿tiene sentido que estemos en pleno invierno congelándonos en un estanque pudiendo estar en un bar tomando una caña?- le miró con sorna.
-Para mí sí lo tiene, supongo-. ella alzó las cejas, esperando una explicación-. Estar contigo, no importa dónde. Aunque esto es más especial.
-No. No tiene sentido. Y eso es lo que lo hace especial. La adrenalina de no saber qué pasará, la incertidumbre. Eso es lo que nos mueve. Y el amor, claro.
-¿El amor?
-El amor es irracional también, eso es lo que hace único un sentimiento ¿o crees que tiene algún sentido?- Se irguió y echó a andar mientras le instaba con una mirada divertida a seguirla. Él agachó la cabeza, ocultando una sonrisa.
-Estás loca-. Respondió mientras le seguía y le cogía la mano.
-Y me encanta.
-A mí también.

jueves, 1 de febrero de 2018

Hasta diez.

Uno. Dos. Tres. Borrar. Alzar los ojos al cielo.
Casi siento la exhalación del pasado a través de mi pecho, quemándome como si de fuego se tratase. Me abrasa con severidad mientras observo cómo me descompongo en cenizas.                              
Siento latigazos en la espalda, y descubro con espanto que soy yo misma quien me los propina. ¿Ese era el dolor que todo el tiempo sufrí? ¿Yo misma inflingiéndome las heridas que no parecían sanar? Casi puedo notar la risa burbujeando en mi interior. ¡Qué tonta fui! Mas las amarguras desaparecen, no son eternas, no hay nada que lo sea. Y los corazones fracturados se reparan, pues como todo acontecimiento, su fin no se halla lejos. Si no fuera así, ¿Qué sería de nosotros?
Cuatro. Cinco. Seis. Olvidar. Comenzar a brillar.
He tirado el látigo a lo más hondo del océano y he observado cómo se hundía en el agua, llevándose consigo todos los tormentos. Ahora mi espalda parece más ligera y el horizonte se presenta completo de oportunidades nuevas, endulzando el amanecer cuya luz se filtra entre los resquicios que quedan en mi alma, tapándolos con sueños y nuevos comienzos. La brisa marina viste mi cuerpo y le confiere esperanza y anhelos. Ya no hay pasado que me mantenga bajo su yugo incierto.
Al contemplar mi reflejo en el agua me doy cuenta de que mi rostro se ve más limpio, puesto que ya no hay suciedad que enturbie la claridad de mis ojos, ni cadenas que me impidan sonreírle al cielo.
Siete. Ocho. Nueve. Volar. Volver a empezar.
He descubierto que tengo un par de alas blancas a mi espalda, justo entre los omóplatos, las cuales no podía ver porque las heridas las mantenían a ras de suelo. Ahora ya no hay dolor que entorpezca su vuelo y he quedado encandilada con la esponjosidad de las nubes y con el firmamento durante la noche. Las estrellas se ven preciosas cuando brillan por sí mismas. También he sentido la caricia del viento y las tentaciones de la libertad, la cual todavía se me antoja un tanto disparatada y lejana a mis expectativas. Sin embargo, me han dicho los pájaros que los límites no existen para quien tiene un par de alas y que somos nosotros mismos los que establecemos hasta dónde somos capaces de llegar.
Diez. Reír. Jamás descender de nuevo.
He hecho caso a las palabras de las aves y he decidido perseguir la independencia y la osadía, pues no quiero que existan las fronteras en mi paisaje. Seguiré volando en cielo abierto y pese a que la libertad parezca escurrirse entre mis dedos, no dejaré nunca de persistir en ella. ¿El suelo? Hace tiempo que no lo piso, tampoco lo echo de menos. Creo que es imposible sentir la atracción que ejerce lo azaroso sobre uno y salir impune de ella. Me dejo llevar por mi par de alas blancas. Ellas parecen saber mejor que yo a dónde vamos. En realidad, no siento necesidad de saberlo.

domingo, 14 de enero de 2018

Déjate.

Corre. Corre más deprisa que el viento y no dejes que los rayos te alcancen, no vaya a ser que te consumas entre los tormentosos destellos de luz que tan fugazmente pueden deshacerse en el cielo.
Vuela. Vuela como si nunca más fueses a pisar el cielo, como si no existiese una meta ni un lugar al que llegar, porque sólo de ese modo lograrás avanzar sin entorpecer tu camino, sin mirar atrás, hacia la tierra que tan deseperadamente parecía querer enterrarte junto a sus raíces.                               
Mira hacia la luna y llámala a gritos, para que vea lo mucho que asciendes, para que contemple tus alas desempolvadas y llenas del fulgor que sólo los ángeles aspiran a poseer.
Y en tu ascenso al infinito párate a contemplar los pájaros que se elevan agitando sus alas bajo la armoniosa melodía que emite el mundo; acaricia las nubes que te sirven de lecho para descansar y que te cobijan de la tormenta y, sobre todo, déjate llevar por las estrellas que iluminan tu paso, pues si bien anclarte toda la vida a su luz no es una opción aconsejable, sólo un necio pasaría por su lado sin admirar la belleza refulgente y sobrenatural que parece desprenderse de su pureza.
No persigas un destino, conviértete en él y bebe del brebaje divino que emana a raudales del mundo, ese que te confiere el poder que nadie más tiene para ver lo que los ojos normales no pueden ver, para oír lo que los oídos no oyen y para sentir aquello que sólo tú puedes sentir. 
Captura el silencio, ese que a pesar de portar su nombre, es más sonoro que el ruido más estridente que jamás pudieras haber escuchado. Y no pienses que esto que digo es cosa de locos, pues sólo aquel que es capaz de oír el silencio, de palpar sus acordes, puede de verdad observar más allá de las finas hebras que componen el universo y de imaginar para sí una realidad paralela que parece escurrirse entre los dedos. 
Y vive. Vive como si tus latidos bombardeasen tu pecho con la fuerza de un tambor que anuncia la muerte. No desesperes en tus intentos por encontrar esa puerta escondida que te lleva al verdadero mundo al que perteneces. Porque nuestra existencia no es sólo lo que en una habitación se guarda, sino lo que está fuera de ella. 

Deja que tu mente se libere y que la verdadera vida comience ahora. Deja de intentar controlar el mundo y permite que sea él quién te lleve consigo.