Casiopea me observa desde el cielo, casi me atrevería a asegurar que lo hace con cierta pena y compasión, cosa que me irrita. Sin embargo, su luz es suave y tranquilizadora y no puedo evitar sentir cierta congoja en el corazón al darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no podía contemplar un maravilloso cielo estrellado. Me permito cerrar los ojos por un instante y respirar profundamente, inhalando un aire limpio y regenerador que me invade y me fortalece.
Me doy cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que me permito reflexionar abiertamente y plantearme aquellas cuestiones que tanto miedo me daban, esas que apartaba de mi cabeza cuando amenazaban con perturbarme y que guardaba en un rincón de mi mente, a la espera de un momento como éste. Supongo que cuando la serenidad se sobrepone al dolor, es mucho más sencillo recuperar esas incógnitas que acumulan polvo en el pensamiento.
Y sí, me doy cuenta, con cierta tristeza, de que hay muchas cosas que hubiera cambiado, que podría haber evitado. Tal vez no tendría que haber permitido que algo como aquello pasase, aunque no me arrepiento de que sucediera. Debería.
Alzo la vista al cielo de nuevo y sonrío con pena contenida. ¡Qué bonita puede resultar la desolación cuando te acompañan las estrellas y te acunan sobre sus mantos nocturnos!
A pesar de ello, sé que es lo correcto, puesto que la luna me lo confirma con su media sonrisa. Me permito con cierta deliberación que una solitaria lágrima recorra mi mejilla con parsimonia, casi simbolizando la limpieza de los errores cometidos, aquellos que no volverán a ocurrir. No podría consentirlo.
Miro al horizonte con determinación y me dan ganas de gritarle al mundo, de decirle que no vale la pena perder el tiempo con asuntos que no conducen a ninguna parte, pero ni yo misma estoy convencida de ello, por mucho que me lo repita en incontables ocasiones. Las distracciones siempre me sedujeron. Nunca más. Lucharé por cambiar eso.
Una última mirada al firmamento confirma mi irrevocable decisión. Me giro y retomo el camino de vuelta a mi casa, donde no se ven las estrellas, mientras mi mente se restaura y una ligera alegría se apodera de la pesadumbre. Casi puedo sentir a Casiopea haciéndome un gesto de despedida.