Soy sin ser por serlo todo. Lo tangible e intangible se vuelve un palpable conjunto y así se refleja en las estrellas, que anuncian la noche tímidamente tras las densas nubes nocturnas. Mientras tanto, el agua salada salpica mis lunares, pero no percibo sensaciones, solo emociones a través de unos ojos que ven sin ver para verlo todo.
La arena se hunde bajo mis pies y me arrastra con ella, como si todo el universo deseara que me fundiera con la tierra, con el mar y con la cara oculta de la luna, que sonríe a mi alma por ser una con ella y todo conmigo.
Corro.
Corro por toda la extensión de la orilla mediterránea.
Y aunque las conchas se clavan bajo mis pies, solo siento la ingravidez inamovible de mi corazón, que me eleva del suelo y hace que flote sobre el cuerpo invisible del océano. Casi como si una danza inconsciente nos llevara a ambos a la percepción absoluta del placer puramente ideal.
Mi cabeza me recuerda que hace frío, pero desde fuera de la valla, me doy cuenta de que no es más que un concepto, una idea, y no una realidad. Las olas no tienen frío y, al yo ser una con ellas, formo parte de la verdad que está fuera de lo intelectual. No tengo frío.
Siento paz.