miércoles, 21 de septiembre de 2016

Nacido del desierto.


Existió una vez hace mucho tiempo un chico que nació del desierto.

La arena se alzó y el sol la moldeó, dándole la forma de un hombre.

Hecho a base de calor y fuego, fue condenado a vagar por el desierto,

Siempre sediento, pero sin poder morir nunca.
Caminaba y caminaba y en su camino agua nunca hallaba.

Los oasis se alejaban a cada paso, cuanto más cerca parecían estar, más enloquecido caía.

Era como si la versión más grotesca de aquel paraje sin vena surgiese cada vez que él avanzaba.
Se dice que aún hoy en día vaga por las dunas de la arena,

Prisionero de una necesidad primaria,
Pero sin alcanzar la paz eterna.

Otra gente opina que el agua es símbolo del amor humano: un fantasma que se aleja cuando lo tienes entre las manos.

lunes, 19 de septiembre de 2016

PAUSA.

Respiré. Una. Dos. Tres veces.
Mi corazón palpitó. Una. Dos. Tres veces.
Y luego... luego todo se acabó.
La bombilla explotó, la corriente cesó, el viento amainó y el fuego se extinguió.
Deseé estar muerta, que mi vida se hubiera esfumado. Pero no. Bien sabía yo que no. Tan sólo era una pausa, como la que hay entre cada tic y cada tac de un reloj, como la que se crea entre el sonido de cada cuerda de una guitarra o como la que se forma por cada batir de las alas de un pájaro. Tan sólo era eso, un momento, un instante de inexistencia, un excitante segundo de ingravidez.
Y luego... luego todo volvió.
Y mi mente se reinstauró.
                                                                                          

jueves, 8 de septiembre de 2016

Atrévete.

Me encantan los asaltos a la rutina. Esos en los que consigues plantarle cara sin haber pensado siquiera en ello. Esos momentos en los que el tiempo desaparece de tu mente y tan sólo los vives como si fuera lo único que existe en el universo.
Ciertamente la rutina no sería algo aborrecido por todo el mundo en caso de que no hubiera un martillo con el que romperla de vez en cuando, algo con lo que contrastarla. Y es por ello que soportamos la rutina, por y para esos instantes de ingravidez.
Recuerdo con una sonrisa algo que me pasó hace muy poco. No voy a demorarme en contar qué ni cómo, porque no es relevante para quien me lea, pero sí citaré las palabras que me dirigió una de las personas que vivió esa experiencia conmigo en respuesta ante mi indecisión por llevar acabo aquella locura, palabras que todavía no se me van de la cabeza y  que espero tener siempre presentes: "¿Qué más da lo que ocurra después? Vive este momento y ya tendrás tiempo de pensar en las consecuencias".
Probablemente mucha gente argumentaría un discurso en contra, ya que como resultado a hacer cosas sin ningún tipo de seguridad o planificación pueden ocurrir malos desenlaces. Pero yo me he dado cuenta, ¿qué más da? Obviamente todo tiene sus límites y gente que traspasa esos límites, pero a lo que voy es a que no hay necesidad de vivir una vida plana y descolorida si se puede evitar.
Respecto a este tema habrá variedad de opiniones, pero no he venido a crear polémica, sino a expresar un criterio propio.

Creo que la vida está creada para ser puesta a prueba. Creo que las personas que viven experiencias fuera de las habituales son las que mueren con una sonrisa en el rostro, contentas, donde quieran que vayan, de haber aprovechado los años y de haber descubierto cosas que otras personas no descubrirían, ya sean sentimientos, ya sean emociones, ya sean experiencias.
Quiero vivir mi vida de mil formas, correr ante el peligro aunque tenga miedo, porque así al menos sabré lo que es. Quiero lanzarme a una piscina cerrada por la noche y robar cientos de besos.
Quiero tirarme por un paracaídas y experimentar una sensación similar a volar, así como poder admirar la vista que me ofrecen los cielos y que no todo el mundo verá, a pesar de que me asustan las alturas y a pesar de saber que puede no salir bien. Y si la cago en el intento, no pasará nada, porque al menos tendré un recuerdo al que poder volver una y otra vez, por muy vieja que sea, y que provocará que las comisuras de mi boca dibujen una sonrisa.
Y lloraré y me lamentaré por mil cosas que me atreví a hacer y que desearía no haber hecho, pero, ¿sabéis qué? el día que me muera, no me acordaré de todas esas cosas que hice para romper la rutina y que salieron mal. Me reiré de ellas y una mal vivencia se habrá convertido en una carcajada, porque si estás muerto, ¿qué importa todo lo demás?

A pesar de que esto no es un estudio sobre nada, sino como he mencionado, una opinión personal, sacaré una conclusión que espero que me sirva como guión de vida.
Haz lo que te apetezca, dentro de lo claro. Sal a bailar solo, aunque te avergüence, cómete un pastel a bocados, tírate a un río con la ropa puesta, sin pensar en lo fría que estará el agua o en cómo volverás a casa con tus prendas mojadas. Haz una voltereta por la calle si te apetece, a pesar de lo mal que te mire la gente. Consigue ese capricho que tanto te avergüenza pero que tan feliz te hace.
Al fin y al cabo, te acordarás del momento, no de lo que la gente dijera.
Atrévete a plantarle cara a tu vida.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Realidad.

En ocasiones el recuerdo nos puede jugar malas pasadas. Un sentimiento olvidado, una canción que dejó de sonar, un olor que acude de nuevo a nuestra nariz o un simple sueño que vuelve para atormentarnos. Es la cruz de la vida humana, el peso sobre nuestra espalda.
Siento el tacto de lo perdido y mi mente no puede evitar vacilar, mis pies se paran, tiemblan ante lo desconocido, quieren retroceder y volver a sentir la brisa de lo vivido.
A veces estas cosas pasan. Crees que lo has superado, crees que se convirtió en una mera anécdota de la que podrías hablar a tus hijos, y luego... luego vuelve con la fuerza de un huracán y te arranca de la tierra, te hace sentir despierta como si el tiempo pasado hubiera sido una siesta, te deja sin aliento y todo lo demás desaparece. Vuelas sobre una nube de incertidumbre e ignorancia, dejas que el aire acompase tus latidos y cierras los ojos, suspiras. 
Y te despiertas.
Lo real fue un sueño. Vuelves a tu vida, a tu certeza y a tu cuerpo. Olvidas de nuevo y es como si el alma se volviese a quebrar. Pero no pasa nada. De eso trata el aliento humano, para eso sirve la mente, para enmendar, para ver con otros ojos y sentir con otra piel. Eres alguien nuevo y te das cuenta de que el sueño y todas sus experiencias, tan sólo fueron un eco de tu interior, un grito tras las verjas por volver a algo que en realidad se tornó oscuro hace tiempo, algo que una parte de ti trata de negar y que sin embargo sabe que es verdad.

En ocasiones me siento viva. Y luego me doy cuenta de que tan sólo es un síntoma.