Me encantan los asaltos a la rutina. Esos en los que consigues plantarle cara sin haber pensado siquiera en ello. Esos momentos en los que el tiempo desaparece de tu mente y tan sólo los vives como si fuera lo único que existe en el universo.
Ciertamente la rutina no sería algo aborrecido por todo el mundo en caso de que no hubiera un martillo con el que romperla de vez en cuando, algo con lo que contrastarla. Y es por ello que soportamos la rutina, por y para esos instantes de ingravidez.
Recuerdo con una sonrisa algo que me pasó hace muy poco. No voy a demorarme en contar qué ni cómo, porque no es relevante para quien me lea, pero sí citaré las palabras que me dirigió una de las personas que vivió esa experiencia conmigo en respuesta ante mi indecisión por llevar acabo aquella locura, palabras que todavía no se me van de la cabeza y que espero tener siempre presentes: "¿Qué más da lo que ocurra después? Vive este momento y ya tendrás tiempo de pensar en las consecuencias".
Probablemente mucha gente argumentaría un discurso en contra, ya que como resultado a hacer cosas sin ningún tipo de seguridad o planificación pueden ocurrir malos desenlaces. Pero yo me he dado cuenta, ¿qué más da? Obviamente todo tiene sus límites y gente que traspasa esos límites, pero a lo que voy es a que no hay necesidad de vivir una vida plana y descolorida si se puede evitar.
Respecto a este tema habrá variedad de opiniones, pero no he venido a crear polémica, sino a expresar un criterio propio.
Creo que la vida está creada para ser puesta a prueba. Creo que las personas que viven experiencias fuera de las habituales son las que mueren con una sonrisa en el rostro, contentas, donde quieran que vayan, de haber aprovechado los años y de haber descubierto cosas que otras personas no descubrirían, ya sean sentimientos, ya sean emociones, ya sean experiencias.
Quiero vivir mi vida de mil formas, correr ante el peligro aunque tenga miedo, porque así al menos sabré lo que es. Quiero lanzarme a una piscina cerrada por la noche y robar cientos de besos.
Quiero tirarme por un paracaídas y experimentar una sensación similar a volar, así como poder admirar la vista que me ofrecen los cielos y que no todo el mundo verá, a pesar de que me asustan las alturas y a pesar de saber que puede no salir bien. Y si la cago en el intento, no pasará nada, porque al menos tendré un recuerdo al que poder volver una y otra vez, por muy vieja que sea, y que provocará que las comisuras de mi boca dibujen una sonrisa.
Y lloraré y me lamentaré por mil cosas que me atreví a hacer y que desearía no haber hecho, pero, ¿sabéis qué? el día que me muera, no me acordaré de todas esas cosas que hice para romper la rutina y que salieron mal. Me reiré de ellas y una mal vivencia se habrá convertido en una carcajada, porque si estás muerto, ¿qué importa todo lo demás?
A pesar de que esto no es un estudio sobre nada, sino como he mencionado, una opinión personal, sacaré una conclusión que espero que me sirva como guión de vida.
Haz lo que te apetezca, dentro de lo claro. Sal a bailar solo, aunque te avergüence, cómete un pastel a bocados, tírate a un río con la ropa puesta, sin pensar en lo fría que estará el agua o en cómo volverás a casa con tus prendas mojadas. Haz una voltereta por la calle si te apetece, a pesar de lo mal que te mire la gente. Consigue ese capricho que tanto te avergüenza pero que tan feliz te hace.
Al fin y al cabo, te acordarás del momento, no de lo que la gente dijera.
Atrévete a plantarle cara a tu vida.