domingo, 8 de octubre de 2017

Nunca más.

Casiopea me observa desde el cielo, casi me atrevería a asegurar que lo hace con cierta pena y compasión, cosa que me irrita. Sin embargo, su luz es suave y tranquilizadora y no puedo evitar sentir cierta congoja en el corazón al darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no podía contemplar un maravilloso cielo estrellado. Me permito cerrar los ojos por un instante y respirar profundamente, inhalando un aire limpio y regenerador que me invade y me fortalece.
Me doy cuenta de que es la primera vez en mucho tiempo que me permito reflexionar abiertamente y plantearme aquellas cuestiones que tanto miedo me daban, esas que apartaba de mi cabeza cuando amenazaban con perturbarme y que guardaba en un rincón de mi mente, a la espera de un momento como éste. Supongo que cuando la serenidad se sobrepone al dolor, es mucho más sencillo recuperar esas incógnitas que acumulan polvo en el pensamiento.
Y sí, me doy cuenta, con cierta tristeza, de que hay muchas cosas que hubiera cambiado, que podría haber evitado. Tal vez no tendría que haber permitido que algo como aquello pasase, aunque no me arrepiento de que sucediera. Debería.           
Alzo la vista al cielo de nuevo y sonrío con pena contenida. ¡Qué bonita puede resultar la desolación cuando te acompañan las estrellas y te acunan sobre sus mantos nocturnos!
A pesar de ello, sé que es lo correcto, puesto que la luna me lo confirma con su media sonrisa. Me permito con cierta deliberación que una solitaria lágrima recorra mi mejilla con parsimonia, casi simbolizando la limpieza de los errores cometidos, aquellos que no volverán a ocurrir. No podría consentirlo.
Miro al horizonte con determinación y me dan ganas de gritarle al mundo, de decirle que no vale la pena perder el tiempo con asuntos que no conducen a ninguna parte, pero ni yo misma estoy convencida de ello, por mucho que me lo repita en incontables ocasiones. Las distracciones siempre me sedujeron. Nunca más. Lucharé por cambiar eso.
Una última mirada al firmamento confirma mi irrevocable decisión. Me giro y retomo el camino de vuelta a mi casa, donde no se ven las estrellas, mientras mi mente se restaura y una ligera alegría se apodera de la pesadumbre. Casi puedo sentir a Casiopea haciéndome un gesto de despedida.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Intangible.

Me permití experimentar el ardiente deseo de quemarme a fuego lento sobre las brasas de lo incierto, de desinhibirme bajo los dulces efectos que provocan en mí los caminos tortuosos en las noches de ideas esquivas, de sombras luminosas que inciden en nuestro paso.
Me introduje de lleno en el mar embravecido, buscando, o más bien, perdiendo, esa esencia propia de los infiernos apocalípticos, de los submundos encolerizados, aquella que los ángeles dorados rehúyen por miedo a quedar consumidos y razón eterna por la que esos mismos han caído.
En definitiva, me dejé sucumbir a los sueños de Hiperión, descansando sobre el caos que generan los mundos partidos, hallando mi propia lavanda en un reloj de arena que no avanza y en los "dioses malditos" de un barco que naufraga.
Le grité a la luna, le pedí respuestas, quise volver a caer en el infinito placer que supone contemplar su mundo de estrellas. Quise dejarme abrazar por las olas que reflejan su figura y quedar arrasada por los alientos de los divinos escribiendo las líneas que componen nuestro destino. Porque no es más que eso, una carta escrita que se envió a lugar perdido en el que nadie la leyó, versos y palabras que componen un final que nunca sucederá y juegos inmortales de un corazón que nunca latirá.


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Aclaraciones:
-Hiperión es el titán de la observación en la mitología griega y suele estar asociado al movimiento del sol, de la luna, de las estrellas...
-La alusión a la lavanda se debe a que ésta posee propiedades para dormir y reducir el insomnio.
-Con los "dioses malditos" hago referencia a los dioses menores de la mitología griega, que los he apodado de ese modo yo misma debido a que tienen menor consideración.

lunes, 27 de febrero de 2017

Como el fuego.

Ella bailaba como baila el fuego: de manera suave, pero apasionada, salvaje, con ritmo y melodía propios, crepitante. Haciendo de la nada la más hermosa de las danzas, convirtiendo lo que le rodeaba en parte de su hipnotismo, acariciando el aire, encarnando la osadía, ¿y no es acaso así como hay que vivir? Danzando, arrasando a nuestro paso, marcando el espacio y haciendo de cada movimiento los pilares de nuestros restos.
Porque era sobrecogedora, una luz que cegaba a quién creyera poder admirarla, quemando a los valientes que intentaban domarla.
Ella bailaba como baila el viento: incontrolable dentro de lo estable, ensimismada en cada giro, calculando cada gesto, articulando cada grito y plasmando en ese rito sus propios sentimientos. Porque quizás es esa la forma de hacer las cosas, con decisión y valentía, obviando cada obstáculo, dominando esa despreocupación cautiva, simplemente siendo y dejándose llevar al mismo tiempo.
Y es que cada toque de su música estaba marcado por un compás inaudible, entonado únicamente por los latidos de un corazón irracional y despreocupado, que saltaba con cada paso, vibraba en su pecho exigiendo las tormentas de una noche veraniega, sediento de la adrenalina que desprende la caída. Cada fibra de su ser se convertía así en parte de un elemento variable, que creaba su propio sonido y lo acoplaba a los saltos del incoherente deseo por vivir lo prohibido, haciendo del conjunto mente y cuerpo el espectáculo más adictivo.
Ella bailaba como baila una tempestad, con un peligro incontrolable y de sobrecogedora libertad.

domingo, 29 de enero de 2017

Olvido.

Y sí, que tengo miedo del olvido, de doblar la esquina, de perder el recuerdo. Tengo miedo de avanzar y de dejar de ser quien soy, de la realidad y de los monstruos que en ella habitan, ya que a veces son más reales que en las pesadillas.
¿Y qué pasa si un día miro hacia atrás y me doy cuenta de que me he dejado el alma en algún lugar tan lejano al que ya ni siquiera puedo divisar? ¿Qué ocurrirá cuando sea consciente de que mi burbuja se rompió en algún punto del camino, de que me hallo al acecho de la condena humana?
Sé que soy, y que seguiré siendo, sí bien no del mismo modo, sí bajo la misma esencia. Pero, ¿acaso es malo desear ser y no ser al mismo tiempo? ¿querer transformar lo intransformable, eludir lo ineludible?
Y sí, me asusta la memoria, su facilidad para eliminar cosas, personas, momentos e historias. Me asusta olvidar aquello que me hizo ser y que sin lo cual jamás hubiera sido, saber que en cualquier momento una imagen sustituirá otra y que un latido cambiará de ritmo.
Sé que mis pasos me alejan de mi refugio y que me conducen, a mi pesar, a mi destino. ¡Qué raro aceptar que el cambio necesariamente lleva consigo el olvido! ¡Qué rápido permitimos que nuestros pasos se confundan en el vacío! ¿Y qué si quiero pausar mi vida? ¿Y qué si me asusta el camino? Tal vez existimos para vagar de una inexistencia a otra, de vida en vida y de pena en gloria.
No es bueno dejar de ser, dejar de ver, porque lo que fuimos es quiénes somos, y así, quiénes seremos. Y es como yo padezco, cómo me rebelo ante la idea de borrar lo escrito, de corregir lo que no debe ser corregido y de fingir que los errores son sólo desperdicios.

Sí, que me da miedo el olvido, que me aterra perderme, confundir mis huellas. Sé que mis ojos algún día observarán otro paisaje, pero ello no quiere decir que mis sueños vayan a dejar de traicionarme.
Pero es inevitable, en algún momento mis pasos tambalearán, desaparecerá el camino, y será momento entonces de redibujar mi destino.

domingo, 22 de enero de 2017

Así.

Y conté los suspiros entre besos,
las lágrimas caídas en el cielo.
Sólo hablé de quimeras y recuerdos,
intentando enterrarlos bajo suelo.

Y reprimiendo mis cálidos sueños,
convirtiéndolos en tumbas de hielo,
logré acabar con todos los lamentos
y cubrir la tristeza con un velo.

sábado, 14 de enero de 2017

Pícaro.

-¿De verdad pensáis que eso será así? Dejadme deciros, lady Campbell, que los hechizos de Afrodita son infundados y que las flechas de cupido hace tiempo que se partieron. ¿De amor me habláis? Por favor, no me hagáis reir. Todos esos acantilados a los cuales os arrojáis con la esperanza de que os recojan, no son más que agujeros negros que se encargarán de sumiros en su oscuridad. No seáis ingenua, dulce muchacha, y cuidaos de no exponeros demasiado a viles lagartijas sedientas.
-No lo entendéis, milord. ¡Él es quién me hace afortunada! ¡El que pinta una sonrisa en mi rostro cada mañana! ¡Amor! Sí, así lo llamo, pues así es. ¿No es acaso amor el sentir las frecuentemente citadas mariposas en el estómago? ¿No son acaso amor la lealtad y la confianza? 
-Confundís amor con ilusión. ¿Qué ha ocurrido con ese muchacho? Hace tan solo un par de días que le conocéis, en los cuales su palabrería y galantería habrán conmovido vuestro inocente corazón. Pero dejadme deciros algo, y es que yo también fui joven una vez, ¡y también encantador y romántico! Al menos, eso es lo que os dirían las mujeres con las que compartí mi tiempo. ¿Y sabéis algo más? Todas ellas os hablarían de cómo, por un instante en sus vidas, fui el príncipe de su cuento. Sí, así es. Vosotras, las más buenas, las más soñadoras y dulces sois aquellas que elegimos para nuestro juego, pues suponéis una variación respecto al resto de mujeres.
-¿Qué insinuáis?- dijo con aspereza la muchacha.
-Lo que insinúo, dentro de mi más hondo respeto, es que ese joven con el que os contoneáis no está haciendo más de vos que su nuevo pasatiempo. ¡Como si no conociera yo a ese pícaro! ¡Y no habléis de amor! ¡No injuriéis! El amor es, al fin y al cabo, una cálida ilusión que puede ser disfrutada durante un tiempo, pero que con el paso de los años se convierte en costumbre. Así pues, a mi parecer, ambos términos pueden ser considerados sinónimos. No os engañéis, querida, y no dejéis que sea cualquiera el verdugo que haga caer su hacha sobre vos. Quereos a vos misma, pues el mayor amor que podréis profesar jamás es ese, el propio. Dejaos de suspiros y lamentos, pues ningún hombre que os provoque congoja merece vuestro aprecio, y centraos pues en cosas que sean más importantes. Recordad que una guerra se avecina y que en tiempos de guerra, el amor se convierte en desdicha.

domingo, 1 de enero de 2017

Solamente.

Desgarradores tus besos, que me empañan el alma y me calientan los huesos. Agonizantes tus caricias, que me hacen querer fundirme en tu cuerpo y olvidarme de todos mis miedos.
Tal vez, y solo tal vez, no estemos condenados al tiempo, a ese concepto abstracto que nos impide ser eternos, porque yo te juro que cada vez que tus ojos se posan en los míos, el mundo se detiene, las aguas se estancan y las agujas del reloj dejan de funcionar, como si todo a nuestro alrededor conspirase para concedernos un minuto más, sólo uno.
Suéñame en las noches sin luna y en los días nublados, en los de lluvia y en los de verano. Regálame suspiros, pues mi alma vive de ellos, y yo te envolveré las sonrisas que hay entre beso y beso.
Y cuando tu cuerpo esté marcado por mi pintalabios, y tus brazos formen mi cobijo, cerraré los ojos y contaré silencios, esos silencios que no son nada pero que lo significan todo, los que hacen que nos comuniquemos con latidos y no con palabras. Esos, al fin y al cabo, son los que envuelven corazones y espantan quimeras, los que abren y no cierran.
Así que fundámonos en las arenas del desierto, que se asemejan bastante al infinito, durmamos en el océano, que parece no tener fin. Huyamos siempre hacia donde las barreras se extingan, donde las fronteras se borren y los límites desaparezcan, porque será allí donde podamos ser eternos, inmortales, perpetuos. Donde podamos, finalmente, ser.