lunes, 27 de febrero de 2017

Como el fuego.

Ella bailaba como baila el fuego: de manera suave, pero apasionada, salvaje, con ritmo y melodía propios, crepitante. Haciendo de la nada la más hermosa de las danzas, convirtiendo lo que le rodeaba en parte de su hipnotismo, acariciando el aire, encarnando la osadía, ¿y no es acaso así como hay que vivir? Danzando, arrasando a nuestro paso, marcando el espacio y haciendo de cada movimiento los pilares de nuestros restos.
Porque era sobrecogedora, una luz que cegaba a quién creyera poder admirarla, quemando a los valientes que intentaban domarla.
Ella bailaba como baila el viento: incontrolable dentro de lo estable, ensimismada en cada giro, calculando cada gesto, articulando cada grito y plasmando en ese rito sus propios sentimientos. Porque quizás es esa la forma de hacer las cosas, con decisión y valentía, obviando cada obstáculo, dominando esa despreocupación cautiva, simplemente siendo y dejándose llevar al mismo tiempo.
Y es que cada toque de su música estaba marcado por un compás inaudible, entonado únicamente por los latidos de un corazón irracional y despreocupado, que saltaba con cada paso, vibraba en su pecho exigiendo las tormentas de una noche veraniega, sediento de la adrenalina que desprende la caída. Cada fibra de su ser se convertía así en parte de un elemento variable, que creaba su propio sonido y lo acoplaba a los saltos del incoherente deseo por vivir lo prohibido, haciendo del conjunto mente y cuerpo el espectáculo más adictivo.
Ella bailaba como baila una tempestad, con un peligro incontrolable y de sobrecogedora libertad.

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