Y sí, que tengo miedo del olvido, de doblar la esquina, de perder el recuerdo. Tengo miedo de avanzar y de dejar de ser quien soy, de la realidad y de los monstruos que en ella habitan, ya que a veces son más reales que en las pesadillas.
¿Y qué pasa si un día miro hacia atrás y me doy cuenta de que me he dejado el alma en algún lugar tan lejano al que ya ni siquiera puedo divisar? ¿Qué ocurrirá cuando sea consciente de que mi burbuja se rompió en algún punto del camino, de que me hallo al acecho de la condena humana?
Sé que soy, y que seguiré siendo, sí bien no del mismo modo, sí bajo la misma esencia. Pero, ¿acaso es malo desear ser y no ser al mismo tiempo? ¿querer transformar lo intransformable, eludir lo ineludible?
Y sí, me asusta la memoria, su facilidad para eliminar cosas, personas, momentos e historias. Me asusta olvidar aquello que me hizo ser y que sin lo cual jamás hubiera sido, saber que en cualquier momento una imagen sustituirá otra y que un latido cambiará de ritmo.
Sé que mis pasos me alejan de mi refugio y que me conducen, a mi pesar, a mi destino. ¡Qué raro aceptar que el cambio necesariamente lleva consigo el olvido! ¡Qué rápido permitimos que nuestros pasos se confundan en el vacío! ¿Y qué si quiero pausar mi vida? ¿Y qué si me asusta el camino? Tal vez existimos para vagar de una inexistencia a otra, de vida en vida y de pena en gloria.
No es bueno dejar de ser, dejar de ver, porque lo que fuimos es quiénes somos, y así, quiénes seremos. Y es como yo padezco, cómo me rebelo ante la idea de borrar lo escrito, de corregir lo que no debe ser corregido y de fingir que los errores son sólo desperdicios.
Sí, que me da miedo el olvido, que me aterra perderme, confundir mis huellas. Sé que mis ojos algún día observarán otro paisaje, pero ello no quiere decir que mis sueños vayan a dejar de traicionarme.
Pero es inevitable, en algún momento mis pasos tambalearán, desaparecerá el camino, y será momento entonces de redibujar mi destino.
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