jueves, 1 de febrero de 2018

Hasta diez.

Uno. Dos. Tres. Borrar. Alzar los ojos al cielo.
Casi siento la exhalación del pasado a través de mi pecho, quemándome como si de fuego se tratase. Me abrasa con severidad mientras observo cómo me descompongo en cenizas.                              
Siento latigazos en la espalda, y descubro con espanto que soy yo misma quien me los propina. ¿Ese era el dolor que todo el tiempo sufrí? ¿Yo misma inflingiéndome las heridas que no parecían sanar? Casi puedo notar la risa burbujeando en mi interior. ¡Qué tonta fui! Mas las amarguras desaparecen, no son eternas, no hay nada que lo sea. Y los corazones fracturados se reparan, pues como todo acontecimiento, su fin no se halla lejos. Si no fuera así, ¿Qué sería de nosotros?
Cuatro. Cinco. Seis. Olvidar. Comenzar a brillar.
He tirado el látigo a lo más hondo del océano y he observado cómo se hundía en el agua, llevándose consigo todos los tormentos. Ahora mi espalda parece más ligera y el horizonte se presenta completo de oportunidades nuevas, endulzando el amanecer cuya luz se filtra entre los resquicios que quedan en mi alma, tapándolos con sueños y nuevos comienzos. La brisa marina viste mi cuerpo y le confiere esperanza y anhelos. Ya no hay pasado que me mantenga bajo su yugo incierto.
Al contemplar mi reflejo en el agua me doy cuenta de que mi rostro se ve más limpio, puesto que ya no hay suciedad que enturbie la claridad de mis ojos, ni cadenas que me impidan sonreírle al cielo.
Siete. Ocho. Nueve. Volar. Volver a empezar.
He descubierto que tengo un par de alas blancas a mi espalda, justo entre los omóplatos, las cuales no podía ver porque las heridas las mantenían a ras de suelo. Ahora ya no hay dolor que entorpezca su vuelo y he quedado encandilada con la esponjosidad de las nubes y con el firmamento durante la noche. Las estrellas se ven preciosas cuando brillan por sí mismas. También he sentido la caricia del viento y las tentaciones de la libertad, la cual todavía se me antoja un tanto disparatada y lejana a mis expectativas. Sin embargo, me han dicho los pájaros que los límites no existen para quien tiene un par de alas y que somos nosotros mismos los que establecemos hasta dónde somos capaces de llegar.
Diez. Reír. Jamás descender de nuevo.
He hecho caso a las palabras de las aves y he decidido perseguir la independencia y la osadía, pues no quiero que existan las fronteras en mi paisaje. Seguiré volando en cielo abierto y pese a que la libertad parezca escurrirse entre mis dedos, no dejaré nunca de persistir en ella. ¿El suelo? Hace tiempo que no lo piso, tampoco lo echo de menos. Creo que es imposible sentir la atracción que ejerce lo azaroso sobre uno y salir impune de ella. Me dejo llevar por mi par de alas blancas. Ellas parecen saber mejor que yo a dónde vamos. En realidad, no siento necesidad de saberlo.

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