viernes, 18 de noviembre de 2016

Mucho más.

Nunca se planteó la realidad puramente ideal que supondría probar sus labios. Esos labios que prometían infinitos y sugerían inexistencias. Esos labios que, por otra parte, eran sólo labios, pero labios cargados de certezas.
¿Qué se sentiría al besarlos? ¿Al posar los suyos propios, tan sólo ligeramente, sobre los de ella? Aunque no hubiera sucedido, al menos no en su plano existencial, no en su muda realidad, casi sería capaz de describir su sabor exacto, su ternura y las miles de chispas que harían saltar en su solitario y hastiado corazón.
¿Pero acaso quería él revivirlo? ¿Proveerlo de identidad y armarlo con sentimientos? Tal vez no era la mejor idea, tal vez lo más sensato fuera tan sólo dejar el caos como era, el desorden de su materia.
 Pero tampoco sentía que fuera su decisión, pues cuando veía cómo un mechón se soltaba de su despreocupada coleta... ¡Oh mundo! ¡Qué no hubiera dado él por ordenar su diván! ¡Por dejar que ella misma lo hiciera!
Pero todo esto tenía lugar en la sombra. Sentimientos escondidos, realidades innegendradas, ventanas con pestillo y cientos de habitaciones abandonadas.
Su alegría era infinita con tan sólo observar sus labios, y no le hacía falta imaginar cuentos de hadas, pues sabía exactamente cómo sería probar esas ambrosías divinas, aún sin haberlo hecho, aún sin haberlo pensado siquiera.
¿Cómo era esto posible si apenas lo había idealizado? Tal vez fuera virtud de dioses, hechizo profundo o mentira oculta, saber las cosas sin ser, crear realidades sin ver.
La única certeza conquistada era su presencia junto a la de ella, sus manos sosteniéndose, sin dejarse caer.
Y sólo este gesto, la caricia de sus dedos contra su palma, le bastaba para saber que sus almas ya estaban entrelazadas, enredadas hasta el último cable, indistinguidos el principio ni el final.

Y así ella misma lo sabía sin saberlo, pues notaba la ingravidez de sus palabras, el peso de sus almas.
Conocía el destino de sus vidas y recordaba el futuro, lo no vivido pero sí percibido, de alguna forma inexacta.

Esa era su verdadera pasión y no otra: el choque de sus espíritus, coronación de sus entrañas.
Y por ello sus besos no eran besos. Sus miradas no eran miradas.
Había más, mucho más. Y ni tan siquiera ellos eran capaces de conocer el final.

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