Te prometí una eternidad, mi amor. Pero las eternidades, como la vida, son a veces dolorosamente cortas, amargamente insuficientes. Tu ausencia así lo confirma, mi espíritu así lo llora.
No te pude dar un infinito, pero me conformo con haberte dado algo todavía más valioso: mis días.
Y quizá sea muy poco, quizá sepa demasiado a consuelo. Pero que te haya dejado de dar no quiere decir que no te vaya a dar más, al menos, no del mismo modo.
Ahora estoy al alcance de darte mi inmortalidad, de regalarte mi inexistencia, la cual te aseguro es mucho más duradera.
Y no he olvidado las tardes de verano sentados junto al lago, con mi cabeza reposando en tu regazo mientras esa dulce melodía restallaba en tus labios, el sonido de las palabras llenando el espacio, tu alma y la mía de la mano.
Y te juro que nunca fui más feliz que cuando me levantaba por las mañanas y saboreaba el exquisito placer que suponía contemplarte a mi lado, hermoso, plácido y sereno, como un río bajo el cual hay todo un mundo desconocido. Pues así te recuerdo, así te celebro.
Y no pienses ni por un instante que me olvido de nuestro manzano, aquel bajo el cual nos resguardábamos del sol, aquel con el que tantas cosas compartimos y que tantos misterios nos guardó.
¿Y qué me dices del día en el que me vendaste los ojos para llevarme al que tiempo después se convertiría en nuestro sitio secreto? Si, aún me acuerdo, aún lo venero. Y duerme en una esquinita de mi ya inexistente corazón, a salvo, para despertarlo cuando te eche de menos.
Apenas te acababa de conocer y ya pensaba que eras un loco, un insensato de esos a los que nada les importa. Y lo eras. Lo eres. Y a pesar de eso, y quizás precisamente por ello, casi me atrevería a confesar que mi alma ya te había hecho suyo.
Ahora, mi amor, me he ido. Nada podemos hacer. Y quizás me lo reproches, pero no te culpo, yo también lo haría.
Te prometí mi infinito y pienso dártelo, así como tú me juraste el tuyo y así como yo lo he conservado.
Sé que nunca leerás esto. Básicamente porque conforme lo escribo se va borrando. No deja rastro. Pero también sé que ahora mismo te hallarás desconcertado y ¡oh, dioses!, ¡qué no daría yo por volver para poder, al menos, o como mucho, explicarte que no fue mi decisión y que tus besos me saben hasta en el infierno. Tal vez abusaría de mi suerte y me atrevería, pícaramente, a dirigirte una última mirada, a abrazarte y fundirme en tus huesos.
Pero te regalé mis días y ahora te regalo mis ausencias. Desdichado el amor, que nunca perdura, que nunca vive, pues nosotros, lo amantes, condenados nacemos a que nos queme el recuerdo.
Por favor, deja de visitarme, de buscarme cuando ni siquiera me he escondido.
Mi eternidad está contigo. Siempre lo estará, tal como te prometí, tal como te aseguré que estaría.
Y si acaso no me crees, tal como tus lágrimas sugieren, tan sólo cierra los ojos, vuelve atrás y amontona tus memorias, pues nunca desapareceré del todo mientras las tengas presentes.
Esa es la perpetuidad que te regalo, el infinito ansiado y garantizado. Mi presencia en tus manos.
Y aún cuando mi olor abandone tu nariz, cuando mis caricias se despeguen de tu cuerpo o mi mirada se nuble en tu espíritu, aún incluso cuando tu piel roce otra piel ajena a la mía, todavía entonces, mi amor, seguiré contigo, pues nada motiva más a una quimera que los lazos que la atan a la vida.
-Palabras olvidadas de una fiel enamorada-
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