viernes, 4 de noviembre de 2016

Misericordia.

-Milady, si acaso pudiera describirse con palabras los sentimientos que ahondan mi alma con respecto a lo que considero mi vida, el mar, no dudéis un instante que las emplearía. Pero lamentablemente, no es el hecho que nos acontece.
-Y si acaso se pudiese, humilde marinero, ¿cuáles serían las palabras que vos utilizaríais y que más acertarían a describir la razón por la que tanto idolatráis dicho elemento?
-Ay, señorita, me ponéis en un compromiso. Si acaso se pudiera, le diría que el mar es incondicional. Nada ni nadie pueden hacer mejor compañía que él. Si las palabras de las que disponemos le hicieran justicia, le diría que es como el cuerpo del amante al que el infiel siempre regresa.
      Ni por un instante dudaría al aseguraros que lo más bello de él es, sin duda, su intempestuosidad y su espíritu salvaje, ya que de todo necesita pero de nada depende. ¡Y su libertad! No sólo la que le puede hacer sentir cuando surque sus olas, sino asimismo la que a sus propias aguas caracteriza, aquellas capaces de hacer enloquecer a un hombre cuerdo.
-¿Y por qué perder el juicio por ellas?- preguntó extrañada la muchacha.
-Porque vos daríais lo que fuera por volver a sentir el olor salino que de ellas se desprende, todo cuanto poseéis, aún sabiendo que el mar no le necesita a usted. Y sepa su persona que ésta es la más peligrosa de sus virtudes, pues nunca se desea nada más desesperadamente que aquello a lo que provocáis indiferencia.
-¿Y qué ocurriría si le perjurase que existe una mujer con las exactas cualidades con las que os referís al mar?
-Le rogaría misericordia.

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