Nunca había sentido la fría mordida del filo de un cuchillo como ese. Nunca había pensado siquiera que un dolor tan arrebatador pudiera invadir un corazón, y sin embargo, allí estaba, palpitante y cercano, sombrío y criminal, desgarrando todas las entrañas de aquel órgano metafórico mío.
¿Sentimientos? ¿Acaso se podían conservar una vez destrozados los restos de lo que los contenía? Aún juntando los retales de ello, aún volviéndoles a dar forma e instigándoles a que continuaran palpitando, ¿era aquello posible?
Yo, ignorante de la vida, permití en vano que el arma homicida penetrase en mi cuerpo y lo dejase inerte y helado. ¿Valió la pena? Vaya que si lo valió. A cambio de aquel hielo que ahora recorría mis venas había podido experimentar por un minúsculo instante lo que se siente al tener un volcán bajo la piel a punto de erupcionar. Había podido saborear el dulce gusto del fuego en el cuerpo y de las llamas consumiendo el mundo. O al menos, así me pareció a mí que se sentía.
Pero tras haber habitado en la hoguera, después de haber respirado su combustión y dejado que me consumiera, el frío que ahora sentía era casi agradable. Volvió a darme forma y a moldearme, a pesar de que me quemaba más que el fuego, a pesar de que me devolvía a una realidad apabullante a la que mi corazón se negaba a regresar.
Éste trataba inútilmente de volver sus manos al calor y sin embargo la razón le arrastraba cual perro desobediente hacia el gélido invierno, donde los sentimientos se vuelven quimeras y el fuego se transforma en hielo.
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