martes, 27 de diciembre de 2016

Muerte.

Muerte, monstruo insaciable, ángel apaciguador, que tantas cosas sóis y que tan pocas dejáis ¡Salvadme de la vida! ¡O mejor! ¡Dejadme donde estoy! Pues tanto como os ansío me apego a mis raíces, a mi ser y a mi yo. Quizá otorguéis paz, pero la paz viene del interior y sólo aquellos que la hallan pueden haceros frente a vos.
Más que muerte sois sueño, relámpago en el cielo y fantasía espectral. Que quien os ve, sólo lo hace una vez, mientras que quien os anhela os imagina cuando no.
Yo, pobre estrella en el cielo infinito, desafortunado grano en la montaña, tan sólo soy aquella que os observa a lo lejos, la que os ruega que la llevéis sin hacerlo, pues valéis tanto como la vida y ésta, a su vez, es capaz de haceros débil, de convertiros en eternidad y en tiempo, así como en fantasía y en cuento.
Representada en la oscuridad y obrera del día, así sois, así os hacéis ser. Siempre temida, con el miedo comparada y sin embargo, sólo aquellos que os contemplan a lo lejos saben la verdad. Que no actuáis dos veces igual, sino que de mil formas os personificáis. Que podéis otorgar libertad, representar lo que uno quiera. Señora de la vida, así es cómo os llaman y eso simbolizáis, las cadenas de lo inmortal, celda de los dioses, pues quien vive siempre muere antes, ya que la perpetuidad es a veces el peor final.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Octava Real.

Cuando no tenga más luz por sus venas,
cuando sus pisadas no pierdan eco,
renaciendo el fénix de sus cenizas
y ser capaz de no quedarse seco.
Tal vez entonces sepa perder penas,
y aunque sea infinito, tapar tu hueco.
Quizá el recuerdo pueda perder gloria,
pero en el olvido está la victoria.



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He de decir que este no es poema cualquiera y, como el título indica, es una octava real.
Para quiénes no sepan lo que es, se lo aclaro: un poema de ocho versos endecasílabos con rima consonante del tipo ABABABCC.
A pesar de un pequeño fallo respecto a la acentuación de los hemistiquios y teniendo en cuenta que es mi primera octava real, estoy especialmente orgullosa, ya que no es un tipo de estrofa fácil de hacer, así que espero que quien me lea la disfrute.

Miriam Rodríguez.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Carta desde otra vida.

Te prometí una eternidad, mi amor. Pero las eternidades, como la vida, son a veces dolorosamente cortas, amargamente insuficientes. Tu ausencia así lo confirma, mi espíritu así lo llora.
No te pude dar un infinito, pero me conformo con haberte dado algo todavía más valioso: mis días.
Y quizá sea muy poco, quizá sepa demasiado a consuelo. Pero que te haya dejado de dar no quiere decir que no te vaya a dar más, al menos, no del mismo modo.
Ahora estoy al alcance de darte mi inmortalidad, de regalarte mi inexistencia, la cual te aseguro es mucho más duradera.
Y no he olvidado las tardes de verano sentados junto al lago, con mi cabeza reposando en tu regazo mientras esa dulce melodía restallaba en tus labios, el sonido de las palabras llenando el espacio, tu alma y la mía de la mano.
Y te juro que nunca fui más feliz que cuando me levantaba por las mañanas y saboreaba el exquisito placer que suponía contemplarte a mi lado, hermoso, plácido y sereno, como un río bajo el cual hay todo un mundo desconocido. Pues así te recuerdo, así te celebro.

Y no pienses ni por un instante que me olvido de nuestro manzano, aquel bajo el cual nos resguardábamos del sol, aquel con el que tantas cosas compartimos y que tantos misterios nos guardó.
¿Y qué me dices del día en el que me vendaste los ojos para llevarme al que tiempo después se convertiría en nuestro sitio secreto? Si, aún me acuerdo, aún lo venero. Y duerme en una esquinita de mi ya inexistente corazón, a salvo, para despertarlo cuando te eche de menos.
Apenas te acababa de conocer y ya pensaba que eras un loco, un insensato de esos a los que nada les importa. Y lo eras. Lo eres. Y a pesar de eso, y quizás precisamente por ello, casi me atrevería a confesar que mi alma ya te había hecho suyo.

Ahora, mi amor, me he ido. Nada podemos hacer. Y quizás me lo reproches, pero no te culpo, yo también lo haría.
Te prometí mi infinito y pienso dártelo, así como tú me juraste el tuyo y así como yo lo he conservado.

Sé que nunca leerás esto. Básicamente porque conforme lo escribo se va borrando. No deja rastro. Pero también sé que ahora mismo te hallarás desconcertado y ¡oh, dioses!, ¡qué no daría yo por volver para poder, al menos, o como mucho, explicarte que no fue mi decisión y que tus besos me saben hasta en el infierno. Tal vez abusaría de mi suerte y me atrevería, pícaramente, a dirigirte una última mirada, a abrazarte y fundirme en tus huesos.

Pero te regalé mis días y ahora te regalo mis ausencias. Desdichado el amor, que nunca perdura, que nunca vive, pues nosotros, lo amantes, condenados nacemos a que nos queme el recuerdo.

Por favor, deja de visitarme, de buscarme cuando ni siquiera me he escondido.
Mi eternidad está contigo. Siempre lo estará, tal como te prometí, tal como te aseguré que estaría.
Y si acaso no me crees, tal como tus lágrimas sugieren, tan sólo cierra los ojos, vuelve atrás y amontona tus memorias, pues nunca desapareceré del todo mientras las tengas presentes.
Esa es la perpetuidad que te regalo, el infinito ansiado y garantizado. Mi presencia en tus manos.
Y aún cuando mi olor abandone tu nariz, cuando mis caricias se despeguen de tu cuerpo o mi mirada se nuble en tu espíritu, aún incluso cuando tu piel roce otra piel ajena a la mía, todavía entonces, mi amor, seguiré contigo, pues nada motiva más a una quimera que los lazos que la atan a la vida.



-Palabras olvidadas de una fiel enamorada-

viernes, 18 de noviembre de 2016

Mucho más.

Nunca se planteó la realidad puramente ideal que supondría probar sus labios. Esos labios que prometían infinitos y sugerían inexistencias. Esos labios que, por otra parte, eran sólo labios, pero labios cargados de certezas.
¿Qué se sentiría al besarlos? ¿Al posar los suyos propios, tan sólo ligeramente, sobre los de ella? Aunque no hubiera sucedido, al menos no en su plano existencial, no en su muda realidad, casi sería capaz de describir su sabor exacto, su ternura y las miles de chispas que harían saltar en su solitario y hastiado corazón.
¿Pero acaso quería él revivirlo? ¿Proveerlo de identidad y armarlo con sentimientos? Tal vez no era la mejor idea, tal vez lo más sensato fuera tan sólo dejar el caos como era, el desorden de su materia.
 Pero tampoco sentía que fuera su decisión, pues cuando veía cómo un mechón se soltaba de su despreocupada coleta... ¡Oh mundo! ¡Qué no hubiera dado él por ordenar su diván! ¡Por dejar que ella misma lo hiciera!
Pero todo esto tenía lugar en la sombra. Sentimientos escondidos, realidades innegendradas, ventanas con pestillo y cientos de habitaciones abandonadas.
Su alegría era infinita con tan sólo observar sus labios, y no le hacía falta imaginar cuentos de hadas, pues sabía exactamente cómo sería probar esas ambrosías divinas, aún sin haberlo hecho, aún sin haberlo pensado siquiera.
¿Cómo era esto posible si apenas lo había idealizado? Tal vez fuera virtud de dioses, hechizo profundo o mentira oculta, saber las cosas sin ser, crear realidades sin ver.
La única certeza conquistada era su presencia junto a la de ella, sus manos sosteniéndose, sin dejarse caer.
Y sólo este gesto, la caricia de sus dedos contra su palma, le bastaba para saber que sus almas ya estaban entrelazadas, enredadas hasta el último cable, indistinguidos el principio ni el final.

Y así ella misma lo sabía sin saberlo, pues notaba la ingravidez de sus palabras, el peso de sus almas.
Conocía el destino de sus vidas y recordaba el futuro, lo no vivido pero sí percibido, de alguna forma inexacta.

Esa era su verdadera pasión y no otra: el choque de sus espíritus, coronación de sus entrañas.
Y por ello sus besos no eran besos. Sus miradas no eran miradas.
Había más, mucho más. Y ni tan siquiera ellos eran capaces de conocer el final.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Viento.

Siempre quise ser viento. Pero no solo una brisa, sino también un huracán.
De esos que te alborotan el pelo y el alma. De esos que crees que te van a hacer volar.
Me gustaría poder fundirme en el aire de noviembre y convertirme en parte de él. Poder ser el viento que mueve las olas del mar o el que hace que el fuego chisporrotee. Ese qué sientes tan dentro que crees que va a vaciarte entero.
El que agita los árboles, el que dificulta el vuelo. También el que te trae el olor de la lluvia o el que acompaña las carreteras.
Ese tan frío y helador procedente del Pirineo, incluso el suave y sencillo cierzo de verano.
El huracán de Montana, el que no deja rastro ni cuerpo.
Simplemente ser infinito, seguir mil direcciones y no llegar a ningún destino.
 Simplemente ser, sentir y vivir.
Simplemente ser impredecible, incontrolable, salvaje y suave.
Quiero ser viento, quiero ser el tiempo. Quiero ser la causa y el efecto.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Misericordia.

-Milady, si acaso pudiera describirse con palabras los sentimientos que ahondan mi alma con respecto a lo que considero mi vida, el mar, no dudéis un instante que las emplearía. Pero lamentablemente, no es el hecho que nos acontece.
-Y si acaso se pudiese, humilde marinero, ¿cuáles serían las palabras que vos utilizaríais y que más acertarían a describir la razón por la que tanto idolatráis dicho elemento?
-Ay, señorita, me ponéis en un compromiso. Si acaso se pudiera, le diría que el mar es incondicional. Nada ni nadie pueden hacer mejor compañía que él. Si las palabras de las que disponemos le hicieran justicia, le diría que es como el cuerpo del amante al que el infiel siempre regresa.
      Ni por un instante dudaría al aseguraros que lo más bello de él es, sin duda, su intempestuosidad y su espíritu salvaje, ya que de todo necesita pero de nada depende. ¡Y su libertad! No sólo la que le puede hacer sentir cuando surque sus olas, sino asimismo la que a sus propias aguas caracteriza, aquellas capaces de hacer enloquecer a un hombre cuerdo.
-¿Y por qué perder el juicio por ellas?- preguntó extrañada la muchacha.
-Porque vos daríais lo que fuera por volver a sentir el olor salino que de ellas se desprende, todo cuanto poseéis, aún sabiendo que el mar no le necesita a usted. Y sepa su persona que ésta es la más peligrosa de sus virtudes, pues nunca se desea nada más desesperadamente que aquello a lo que provocáis indiferencia.
-¿Y qué ocurriría si le perjurase que existe una mujer con las exactas cualidades con las que os referís al mar?
-Le rogaría misericordia.

jueves, 20 de octubre de 2016

Realidad.

¡Cruenta realidad! ¡Desdicha divina!
¿Acaso osas enterrarme cual cadáver?
¿Acaso te crees con derecho a crear mi final?
Óyeme, tú, triste oscuridad, pues no hay más luz en el sol que en el alma, ni más belleza en la flor que en el ideal.
Óyeme, tú, que tratas de esconder tus malvadas intenciones a la espalda: el fuego no combate al hielo, ni a la inversa.
Así pues, mi desaparición no hará tu dicha, ni mi muerte tu vida eterna,
asume así que en este mundo irracional ambos somos complementarios y dependientes.
Sueña cuanto quieras con destrucción, pues toda belleza ha de recomponerse de sus cenizas, cual ave fénix renaciendo.
Óyeme, tú, que tu odio fomentará mi pasión y tu miedo mi consuelo,
no pienses siquiera que mi embotellamiento te traerá ventura ni gozo,
y agradece que mi clemencia te otorgue libertad, pues a veces es más osado el corazón que la realidad.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Nacido del desierto.


Existió una vez hace mucho tiempo un chico que nació del desierto.

La arena se alzó y el sol la moldeó, dándole la forma de un hombre.

Hecho a base de calor y fuego, fue condenado a vagar por el desierto,

Siempre sediento, pero sin poder morir nunca.
Caminaba y caminaba y en su camino agua nunca hallaba.

Los oasis se alejaban a cada paso, cuanto más cerca parecían estar, más enloquecido caía.

Era como si la versión más grotesca de aquel paraje sin vena surgiese cada vez que él avanzaba.
Se dice que aún hoy en día vaga por las dunas de la arena,

Prisionero de una necesidad primaria,
Pero sin alcanzar la paz eterna.

Otra gente opina que el agua es símbolo del amor humano: un fantasma que se aleja cuando lo tienes entre las manos.

lunes, 19 de septiembre de 2016

PAUSA.

Respiré. Una. Dos. Tres veces.
Mi corazón palpitó. Una. Dos. Tres veces.
Y luego... luego todo se acabó.
La bombilla explotó, la corriente cesó, el viento amainó y el fuego se extinguió.
Deseé estar muerta, que mi vida se hubiera esfumado. Pero no. Bien sabía yo que no. Tan sólo era una pausa, como la que hay entre cada tic y cada tac de un reloj, como la que se crea entre el sonido de cada cuerda de una guitarra o como la que se forma por cada batir de las alas de un pájaro. Tan sólo era eso, un momento, un instante de inexistencia, un excitante segundo de ingravidez.
Y luego... luego todo volvió.
Y mi mente se reinstauró.
                                                                                          

jueves, 8 de septiembre de 2016

Atrévete.

Me encantan los asaltos a la rutina. Esos en los que consigues plantarle cara sin haber pensado siquiera en ello. Esos momentos en los que el tiempo desaparece de tu mente y tan sólo los vives como si fuera lo único que existe en el universo.
Ciertamente la rutina no sería algo aborrecido por todo el mundo en caso de que no hubiera un martillo con el que romperla de vez en cuando, algo con lo que contrastarla. Y es por ello que soportamos la rutina, por y para esos instantes de ingravidez.
Recuerdo con una sonrisa algo que me pasó hace muy poco. No voy a demorarme en contar qué ni cómo, porque no es relevante para quien me lea, pero sí citaré las palabras que me dirigió una de las personas que vivió esa experiencia conmigo en respuesta ante mi indecisión por llevar acabo aquella locura, palabras que todavía no se me van de la cabeza y  que espero tener siempre presentes: "¿Qué más da lo que ocurra después? Vive este momento y ya tendrás tiempo de pensar en las consecuencias".
Probablemente mucha gente argumentaría un discurso en contra, ya que como resultado a hacer cosas sin ningún tipo de seguridad o planificación pueden ocurrir malos desenlaces. Pero yo me he dado cuenta, ¿qué más da? Obviamente todo tiene sus límites y gente que traspasa esos límites, pero a lo que voy es a que no hay necesidad de vivir una vida plana y descolorida si se puede evitar.
Respecto a este tema habrá variedad de opiniones, pero no he venido a crear polémica, sino a expresar un criterio propio.

Creo que la vida está creada para ser puesta a prueba. Creo que las personas que viven experiencias fuera de las habituales son las que mueren con una sonrisa en el rostro, contentas, donde quieran que vayan, de haber aprovechado los años y de haber descubierto cosas que otras personas no descubrirían, ya sean sentimientos, ya sean emociones, ya sean experiencias.
Quiero vivir mi vida de mil formas, correr ante el peligro aunque tenga miedo, porque así al menos sabré lo que es. Quiero lanzarme a una piscina cerrada por la noche y robar cientos de besos.
Quiero tirarme por un paracaídas y experimentar una sensación similar a volar, así como poder admirar la vista que me ofrecen los cielos y que no todo el mundo verá, a pesar de que me asustan las alturas y a pesar de saber que puede no salir bien. Y si la cago en el intento, no pasará nada, porque al menos tendré un recuerdo al que poder volver una y otra vez, por muy vieja que sea, y que provocará que las comisuras de mi boca dibujen una sonrisa.
Y lloraré y me lamentaré por mil cosas que me atreví a hacer y que desearía no haber hecho, pero, ¿sabéis qué? el día que me muera, no me acordaré de todas esas cosas que hice para romper la rutina y que salieron mal. Me reiré de ellas y una mal vivencia se habrá convertido en una carcajada, porque si estás muerto, ¿qué importa todo lo demás?

A pesar de que esto no es un estudio sobre nada, sino como he mencionado, una opinión personal, sacaré una conclusión que espero que me sirva como guión de vida.
Haz lo que te apetezca, dentro de lo claro. Sal a bailar solo, aunque te avergüence, cómete un pastel a bocados, tírate a un río con la ropa puesta, sin pensar en lo fría que estará el agua o en cómo volverás a casa con tus prendas mojadas. Haz una voltereta por la calle si te apetece, a pesar de lo mal que te mire la gente. Consigue ese capricho que tanto te avergüenza pero que tan feliz te hace.
Al fin y al cabo, te acordarás del momento, no de lo que la gente dijera.
Atrévete a plantarle cara a tu vida.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Realidad.

En ocasiones el recuerdo nos puede jugar malas pasadas. Un sentimiento olvidado, una canción que dejó de sonar, un olor que acude de nuevo a nuestra nariz o un simple sueño que vuelve para atormentarnos. Es la cruz de la vida humana, el peso sobre nuestra espalda.
Siento el tacto de lo perdido y mi mente no puede evitar vacilar, mis pies se paran, tiemblan ante lo desconocido, quieren retroceder y volver a sentir la brisa de lo vivido.
A veces estas cosas pasan. Crees que lo has superado, crees que se convirtió en una mera anécdota de la que podrías hablar a tus hijos, y luego... luego vuelve con la fuerza de un huracán y te arranca de la tierra, te hace sentir despierta como si el tiempo pasado hubiera sido una siesta, te deja sin aliento y todo lo demás desaparece. Vuelas sobre una nube de incertidumbre e ignorancia, dejas que el aire acompase tus latidos y cierras los ojos, suspiras. 
Y te despiertas.
Lo real fue un sueño. Vuelves a tu vida, a tu certeza y a tu cuerpo. Olvidas de nuevo y es como si el alma se volviese a quebrar. Pero no pasa nada. De eso trata el aliento humano, para eso sirve la mente, para enmendar, para ver con otros ojos y sentir con otra piel. Eres alguien nuevo y te das cuenta de que el sueño y todas sus experiencias, tan sólo fueron un eco de tu interior, un grito tras las verjas por volver a algo que en realidad se tornó oscuro hace tiempo, algo que una parte de ti trata de negar y que sin embargo sabe que es verdad.

En ocasiones me siento viva. Y luego me doy cuenta de que tan sólo es un síntoma.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Hielo abrasador.

Nunca había sentido la fría mordida del filo de un cuchillo como ese. Nunca había pensado siquiera que un dolor tan arrebatador pudiera invadir un corazón, y sin embargo, allí estaba, palpitante y cercano, sombrío y criminal, desgarrando todas las entrañas de aquel órgano metafórico mío.
¿Sentimientos? ¿Acaso se podían conservar una vez destrozados los restos de lo que los contenía?  Aún juntando los retales de ello, aún volviéndoles a dar forma e instigándoles a que continuaran palpitando, ¿era aquello posible?
Yo, ignorante de la vida, permití en vano que el arma homicida penetrase en mi cuerpo y lo dejase inerte y helado. ¿Valió la pena? Vaya que si lo valió. A cambio de aquel hielo que ahora recorría mis venas había podido experimentar por un minúsculo instante lo que se siente al tener un volcán bajo la piel a punto de erupcionar. Había podido saborear el dulce gusto del fuego en el cuerpo y de las llamas consumiendo el mundo. O al menos, así me pareció a mí que se sentía.
Pero tras haber habitado en la hoguera, después de haber respirado su combustión y dejado que me consumiera, el frío que ahora sentía era casi agradable. Volvió a darme forma y a moldearme, a pesar de que me quemaba más que el fuego, a pesar de que me devolvía a una realidad apabullante a la que mi corazón se negaba a regresar.
Éste trataba inútilmente de volver sus manos al calor y sin embargo la razón le arrastraba cual perro desobediente hacia el gélido invierno, donde los sentimientos se vuelven quimeras y el fuego se transforma en hielo.