domingo, 15 de agosto de 2021

Ruptura personal, existencial

 ¿Existe el desamor hacia uno mismo? ¿Cómo describir el sentimiento de melancolía, de tristeza y ruptura contigo? Me anhelo, me deseo, me echo de menos. Y quiero volver a mí, pero no me encuentro, tan solo atisbo a recorrer con la mirada el desasosiego de la niebla oscura que se apodera de mi alma inexorablemente. Mas sé que está ahí, ese pedazo que me pierde pero me completa, que se escapa entre mis manos como el humo de una hoguera, como la arena del mar, como una quimera.

Es esta rutina insensible, que me consume, que me mata lentamente, la que me obliga a ser sin ser, a persistir sin existir. Y mi cuerpo sigue caminando como un muerto en vida, un ser hecho de oscuridad que persigue esa luz que sabe que le acabaría. Siento que me desgarra por dentro, que me parto a mí misma en pedazos de inconsistencia, de aquello que no llega a ser nada, pero puede serlo todo.

Y mi alma llora, llora y encoje mi pecho por dentro, pues por fuera nada siente este cuerpo marchito que solo me limita, que me ata y remata. Nada puedo hacer contra las cadenas de lo mortal, de lo material, que me acorralan bajo mi propia piel y no me permiten trascender. Y siento que voy a explotar, que de mi pecho va a brillar un haz de luz eterno que no sabe dónde esconderse, si es que puede, si es que debe. Es a él a quien anhelo.

Mientras, en esta nube de oscuridad, en este camino que no es mío ni es de nadie, mi alma resopla. Está cansada. La inmortalidad pesa tras los barrotes de esta jaula terrenal, bajo las cadenas del olvido racional, que me impide recordar. Lloro. Las lágrimas de lo intangible recorren el fuego de mi ser, si es que soy en absoluto, si es que sigo en algún lugar perdida bajo las anclas del tiempo.

¿Miedo? ¿Ira? Nada de eso. Pesar. El pesar del esfuerzo. Estoy cansada. Mi alma araña la puerta del mundo. ¿A dónde quiere ir? ¿A dónde voy? Ojalá lejos, donde nadie -yo misma- pueda alcanzarme.

Quién diría que se puede huir de uno mismo, romper y, al mismo tiempo, desearse con tanta fuerza. Correr lejos de ti, hacia ti, para ser y dejar de ser a la vez, porque es lo que más sentido posee este momento. ¿Amor? Infinito. ¿Hacia quién? Hacia esa parte de mí que no es todo pero que es más yo que mi yo completo.

Y es que rompí conmigo misma. Y el mazazo del dolor, del desamor y la agonía me azotaba. Ahora me busco, como siempre me busqué. Pero esta vez avanzo con el verdadero deseo de encontrarme, y no con la cómoda tranquilidad de asumirme completa simplemente con el conocimiento de que existo, sino con la certeza de sentirme, que no se halla con la cabeza, sino con la mirada del alma.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Tormentas de invierno

Al llegar, el viento azota con la fuerza de una bestia salvaje y las olas rompen contra la orilla como la cúspide del placer carnal más intenso de la tierra. Mis oídos acoplan el silbido del viento con el de la espuma blanca y la hermosa sintonía que forman se armoniza con la vibración de mi corazón. El frío muerde con rabia las pieles que se esconden bajo lana y el cielo parpadea con luminosidad, rompiendo -o más bien creando- la esencia más pura de la naturaleza. Yo no me lo pienso demasiado, pues mis latidos han alcanzado la emoción más alta que un cuerpo pueda condensar en materia. Así, sin sentir por sentirlo todo, me desnudo y corro al océano, donde la ira tranquila de sus aguas me acoge como si fuera una marea colateral más en el conjunto caótico de la tormenta más causal de mi calma. 
Soy sin ser por serlo todo. Lo tangible e intangible se vuelve un palpable conjunto y así se refleja en las estrellas, que anuncian la noche tímidamente tras las densas nubes nocturnas. Mientras tanto, el agua salada salpica mis lunares, pero no percibo sensaciones, solo emociones a través de unos ojos que ven sin ver para verlo todo. 
La arena se hunde bajo mis pies y me arrastra con ella, como si todo el universo deseara que me fundiera con la tierra, con el mar y con la cara oculta de la luna, que sonríe a mi alma por ser una con ella y todo conmigo. 
Corro.
Corro por toda la extensión de la orilla mediterránea. 
Y aunque las conchas se clavan bajo mis pies, solo siento la ingravidez inamovible de mi corazón, que me eleva del suelo y hace que flote sobre el cuerpo invisible del océano. Casi como si una danza inconsciente nos llevara a ambos a la percepción absoluta del placer puramente ideal. 
Mi cabeza me recuerda que hace frío, pero desde fuera de la valla, me doy cuenta de que no es más que un concepto, una idea, y no una realidad. Las olas no tienen frío y, al yo ser una con ellas, formo parte de la verdad que está fuera de lo intelectual. No tengo frío. 

Siento paz. 

martes, 22 de octubre de 2019

Lo sé


Querido amor de mi vida:
La primera vez que te miré a los ojos lo supe. Las motas doradas de tus iris se lo susurraron a mis pupilas con indiscreción, tus labios lo escribieron sobre mi frente y tu media sonrisa firmó la sentencia. Así, cada una de tus caricias recorre las líneas que el destino traza sobre nuestras pieles y cuando cierro los ojos sobre tu pecho lo sé, sé que estamos condenados a las tempestades del dolor y el duelo. Sé que nuestros corazones se refugian bajo la burbuja de los latidos de la esperanza, creando un escudo ante el que protegerse de la devastadora realidad que nos acecha. Y cuando percibo tu respiración bajo mis párpados, sé que el tiempo contiene el aliento, dejando tras de sí cientos de suspiros como evidencia.
Pero cada vez que tu risa y la mía se unen, formando la más bonita de las melodías que he escuchado, sé que los rayos de sol desafían con firmeza a los truenos que anuncian tormenta. Así, no importa cuán devastador parezca el horizonte, seguiré la hoja de ruta que marcan los lunares sobre tu piel, trazando un mapa hasta el lugar exacto en el que se aloja tu alma. Y qué más podría decirte, si los dioses mismos me lo han susurrado al oído: el verdadero amor no consiste en andar sobre caminos de amapolas, sino en convertir las tierras yermas en campos de cultivo. Sólo aquellos que se aventuran a sentir sin miedo, a saltar sin impulso y a volar sin alas, son los afortunados que merecen los latidos alocados de un corazón enamorado. Quién soy yo para negar la palabra de los divinos.
En definitiva, Mi Amor, solo quiero decirte que, aunque los vientos de la vida nos empujen en direcciones distintas, desafiaré al mismísimo Eolo y liberaré a los temidos Anemoi para que soplen a mi antojo. Y, si al final del huracán me esperan tus labios, merecerá la pena el vaivén de este vuelo desenfrenado.

sábado, 18 de mayo de 2019

La importancia de saber contra quién luchar

He visto la cara oculta de la luna y se asemeja bastante a tu media sonrisa, esa que disimulas cuando no quieres delatar la luz que sé que hay en tu alma, esa que te da miedo enseñar demasiado por si se hace añicos. He contemplado la chispa de tus ojos bajo el ceño fruncido que trata de ocultarla, y es esa misma la que enciende cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
Dime, entonces, que saborear tus labios no es como descubrir Júpiter, pues no te creeré, ya que yo misma he visitado cada uno de tus satélites, y enmarcan a la perfección la constelación que generan tus caricias. Cassiopea te observa con envidia. Y sé que estás convencido de la existencia de tormentas bajo tu piel, y, pese a que yo he conocido tus truenos en mis propios labios, también he volado sobre las estrellas fugaces que desprendes cuando sueñas.
Me describiste tus demonios para alejarme, pero ni siquiera el mismísimo Lucifer conviviendo bajo tu techo lograría que olvidase el paraíso que construyen tus palabras. Así que dime, ¿cuántos meteoritos más lanzarás para evitar que aterrice en los anillos de tu Saturno? ¿cuántas miradas desviadas más fingirás para hacerme creer que no eres para mí?
Lucha, lucha contra ese huracán que tú mismo has creado, pues al final todas las guerras que creías librar contra mí son en realidad duelos que encarnas contra tu propia persona. Y mira bien en derredor, no pierdas la atención, porque quizá ese viento que tanto empeño pones en crear dé resultado, y termine yéndome, arrastrada por la brisa y mecida por las olas...
Te darás cuenta entonces de que el caos no se fue conmigo, ya que en realidad nunca existió. Los vendavales continuarán su embestida y únicamente cuando el último de tus gritos se transforme en suspiro, se irán para siempre.
Y después, cuando tus ojos se alcen al cielo preguntándole al tiempo por qué me llevó consigo, serás consciente de que fuiste tú quién me arrojó a sus brazos. Y mientras, fui yo la que encontró en el paso de los días el anhelo que tanto andábamos buscando.

lunes, 4 de febrero de 2019

El sentido de la vida

La vida no es un vídeo de Youtube. La vida no va a pararse cuando le das al botón de "pause" ni va a reiniciarse si pulsas f5. La vida es el autobús que se te escapa mientras corres hacia él, dejándote en tierra si no te apresuras, con el ceño fruncido y la frustración acongojándote el alma.
Es por eso que el tiempo es el hilo conductor de todos y cada uno de nosotros, porque no distingue, porque no entiende de plegarias ni deseos, simplemente es tal cual se nos presenta, sin disfraces ni promesas. He aquí la razón de vivir. La razón por la cual el dicho "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy" cobra significado.

Por eso he aprendido que nada dura para siempre, y las oportunidades menos que cualquier cosa. Por eso, en vez de andar, vuelo (o al menos lo intento). Por eso en vez de contemplar, actúo y prefiero llorar a no sentir nada en absoluto. Me levanto todos los días y me aseguro: "Hoy es tu día. Hoy estarás más cerca que ayer de conseguir tus objetivos. Este es el camino correcto: el del esfuerzo y el del sentir".
Y eso me ha llevado a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: a oler una flor que se cruza en mi camino, a besar a esa persona que hace que mi alma se encienda un poco, a pedir perdón, a acariciar al perro de mi vecina, a decir "te quiero", a bailar aunque me dé vergüenza, a pasar frío solo para ver las estrellas, a comer esa comida que nunca antes había probado. Eso es la vida. Aprender. Experimentar. Hacer caso al corazón, pues no hay persona ni realidad más sabia que él. Al final, te arrepientes más de no haber hecho caso a tu interior que de no haber escuchado a la razón, pues esta última no te hace temblar de emoción como lo haría el primero.
Y todo esto lo digo para dar un único consejo a quien decida leerme: Exacto. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. No te arrepientas de seguir a tu alma. Si hay algo que está escondido en ese cajón secreto de tu corazón, quítale el polvo y llévalo a cabo. Quién sabe, quizás no tengas más oportunidades en el futuro, quizá tu tiempo de reacción tiene un límite. La eternidad no existe más que para el tiempo, una realidad muy lejana a nuestro entendimiento, créeme. Así que hazlo. Sin pensar. Nunca será mejor momento que ahora. Si ese pensamiento ha cruzado tu mente, seguramente sea porque es algo que tu intuición te grita que necesitas. Ese deseo oculto, ese "te quiero" que casi se escapa de entre tus labios, esa actividad que siempre has querido hacer, eso que tu "yo" más profundo te reclama y te esfuerzas por encadenarlo y no dejarlo salir. No lo hagas. Libéralo. Déjate ser tú mismo. Mientras sea lo que sientes profundamente, estará bien. Y será entonces cuando te encuentres a ti mismo, cuando puedas respirar de alivio y decir:

                                                             "Ahora todo tiene sentido".

miércoles, 10 de octubre de 2018

Siente

Un escalofrío me recorre la columna y una certeza me inunda interiormente. Decido ignorarlo, porque carece de lógica, porque me convenzo a mí misma de que no posee sentido alguno. Es mi intuición la que habla, la que me grita en ocasiones; pero no la escucho, porque me han convencido -o me he convencido de- que la razón es más importante, de que prevalece sobre el sentimiento. Eso es lo que nos ha enseñado la sociedad actual: a enterrar las emociones, a sepultarlas bajo el grueso manto de la sensatez. Actuamos continuamente ocultos tras el velo del raciocinio, empujando cada vez más hondo los sentimientos que luchan por aflorar. "No tiene sentido", nos decimos continuamente, "sólo son tonterías". Y son esos los pensamientos que amordazan al corazón y lo silencian con el puño del intelecto. 
Pero, ¿y si hiciéramos caso de lo que nos grita el alma? ¿no seríamos más felices siguiendo los designios de nuestra voz interior?
Creo que, al fin y al cabo, la vida es como el frío de septiembre, ese frío que aparece de repente y sacude hasta el último de tus cimientos; que atraviesa el más hondo de los abismos y te despierta, dejando en tus huesos un escalofrío permanente. Así es cómo la vida debería de sentirse, como algo revelador, que no puede obviarse; como algo que despierta de su letargo y te desgarra internamente. No sólo el fuego arde, ¡el frío quema los corazones y derrite las miradas! Supone el más hermoso de los espectáculos: contemplar el hielo arder con la misma intensidad que una hoguera ¿Contradictorio? Tal vez, mas esa es la paradoja del invierno (y de la vida).
Desgraciadamente, vivimos en una época en la que se predica el abandono emocional: preferimos cosernos las heridas antes de sufrirlas, quedarnos en casa mientras nieva. ¡Infame indecisión! Que nos obliga a encerrarnos en nuestra burbuja y zafarnos de lo real, de lo que nos estimula. 
¿Qué vida es aquella con la que se hace de todo menos vivir?
¡Siente, joder! ¡Rómpete en mil añicos y desgárrate el alma! Sólo perdiendo tus pedazos sabrás cómo es estar entero, qué significa la palabra "sueños". Grita. Grita tan alto como tus pulmones te permitan y, cuando te quedes sin aliento, baila, corre, salta... Pero, sobre todo, no pares de ser, de existir en ti mismo. Golpea tan fuerte como enero, llora tanto como abril y, después, cuando pase la tormenta, ilumínate como junio lo hiciera. Ese es el círculo de la vida.
Después de todo, cuando te des cuenta de que no lo hiciste, será demasiado tarde. La nada absorberá cada parte de tu esencia y te convertirás en un número más de la lista de personas que pudieron pero no quisieron, de aquellas que no arriesgaron y lo perdieron todo.

Vive. Siente. ¿Qué más da todo lo demás?


jueves, 17 de mayo de 2018

Delirio


 Siento las agujas de tus besos clavándose en mis entrañas y los suspiros de las estrellas sobre nosotros. Algo dentro de mí se revuelve nervioso ante la certeza de las emociones apoderándose de todo mi ser sin raciocinio alguno. Tus manos dejan tras de sí pequeñas marcas silenciosas sobre mi piel que arden con la intensidad del sol de verano, pese a que el frío de enero parece materializarse entre nuestros alientos. La ternura de tus gestos me transmite serenidad y calma, como si estuviese en casa, como si nada hubiera cambiado, aunque no hay ni un solo resquicio por el que puedan colarse los recuerdos.                                      
Cuando apoyo mi frente sobre la tuya y nos miramos, el tiempo se paraliza por un momento y tus pupilas se dilatan ante las mías. Sonrío. Quizá está bien esto de dejarse llevar, el no pensar y el vivir simplemente sintiendo lo que has de hacer, sin preguntarte qué es lo correcto y qué no lo es. Supongo que es preferible la calma de un recuerdo bonito que el dolor de haber intentado direccionar lo que no debe ser direccionado. La comprensión y la complicidad, sobre la inseguridad.

Puedo admitir, sin asomo de duda, que conozco cada cicatriz de tu cuerpo y las expresiones de tu boca cuando ríes o lloras. Puedo decir, sin miedo, que permanecerán en mi memoria para siempre; y esa certeza cobra la fuerza de un mazo que cae sobre la cuidadosa tela que yo misma había construido sobre mi corazón, rompiéndola sin miramientos. Pero nada importa, sólo el juego de dos latidos sincronizados que se susurran en las noches sin luna y en los días tormentosos, buscándose sin encontrarse.                                                                                                                
Tus dientes aprisionan mi labio inferior con pasión, desgarrando la realidad que amenaza con descomponernos. Y cada vez nos sumergimos más y más en ese frenético deseo que nos envuelve con la delicadeza de un primer beso, de un primer “te quiero”.

Y de repente. Abro los ojos y despierto. Todo ha sido un sueño. El fantasma de tu risa es palpable en el aire, pero ya se ha ido. Miro al techo con el rostro impasible y me levanto, fingiendo que no siento el roce de tus labios en mi frente, haciendo caso omiso a las protestas de mi corazón.

Mi vida sigue. Y la realidad de tu ausencia es la apabullante prueba de que sí, de que merece la pena el dolor de los recuerdos frente al delirio exquisito de una caricia, de una mirada infinita.

Espero poder coser mi preciosa tela despedazada.