Siento las agujas de tus
besos clavándose en mis entrañas y los suspiros de las estrellas sobre
nosotros. Algo dentro de mí se revuelve nervioso ante la certeza de las
emociones apoderándose de todo mi ser sin raciocinio alguno. Tus manos dejan
tras de sí pequeñas marcas silenciosas sobre mi piel que arden con la
intensidad del sol de verano, pese a que el frío de enero parece materializarse
entre nuestros alientos. La ternura de tus gestos me transmite serenidad y
calma, como si estuviese en casa, como si nada hubiera cambiado, aunque no hay
ni un solo resquicio por el que puedan colarse los recuerdos.
Cuando
apoyo mi frente sobre la tuya y nos miramos, el tiempo se paraliza por un
momento y tus pupilas se dilatan ante las mías. Sonrío. Quizá está bien esto de
dejarse llevar, el no pensar y el vivir simplemente sintiendo lo que has de
hacer, sin preguntarte qué es lo correcto y qué no lo es. Supongo que es
preferible la calma de un recuerdo bonito que el dolor de haber intentado
direccionar lo que no debe ser direccionado. La comprensión y la complicidad,
sobre la inseguridad.
Puedo admitir, sin asomo
de duda, que conozco cada cicatriz de tu cuerpo y las expresiones de tu boca
cuando ríes o lloras. Puedo decir, sin miedo, que permanecerán en mi memoria
para siempre; y esa certeza cobra la fuerza de un mazo que cae sobre la
cuidadosa tela que yo misma había construido sobre mi corazón, rompiéndola sin
miramientos. Pero nada importa, sólo el juego de dos latidos sincronizados que se
susurran en las noches sin luna y en los días tormentosos, buscándose sin encontrarse.
Tus dientes aprisionan mi labio
inferior con pasión, desgarrando la realidad que amenaza con descomponernos. Y cada
vez nos sumergimos más y más en ese frenético deseo que nos envuelve con la
delicadeza de un primer beso, de un primer “te quiero”.
Y de repente. Abro los
ojos y despierto. Todo ha sido un sueño. El fantasma de tu risa es palpable en
el aire, pero ya se ha ido. Miro al techo con el rostro impasible y me levanto,
fingiendo que no siento el roce de tus labios en mi frente, haciendo caso omiso
a las protestas de mi corazón.
Mi vida sigue. Y la
realidad de tu ausencia es la apabullante prueba de que sí, de que merece la
pena el dolor de los recuerdos frente al delirio exquisito de una caricia, de
una mirada infinita.
Espero poder coser mi
preciosa tela despedazada.
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