¿Existe el desamor hacia uno mismo? ¿Cómo describir el sentimiento de melancolía, de tristeza y ruptura contigo? Me anhelo, me deseo, me echo de menos. Y quiero volver a mí, pero no me encuentro, tan solo atisbo a recorrer con la mirada el desasosiego de la niebla oscura que se apodera de mi alma inexorablemente. Mas sé que está ahí, ese pedazo que me pierde pero me completa, que se escapa entre mis manos como el humo de una hoguera, como la arena del mar, como una quimera.
Es esta rutina insensible, que me consume, que me mata lentamente,
la que me obliga a ser sin ser, a persistir sin existir. Y mi cuerpo sigue caminando
como un muerto en vida, un ser hecho de oscuridad que persigue esa luz que sabe
que le acabaría. Siento que me desgarra por dentro, que me parto a mí misma en
pedazos de inconsistencia, de aquello que no llega a ser nada, pero puede serlo
todo.
Y mi alma llora, llora y encoje mi pecho por dentro, pues
por fuera nada siente este cuerpo marchito que solo me limita, que me ata y
remata. Nada puedo hacer contra las cadenas de lo mortal, de lo material, que
me acorralan bajo mi propia piel y no me permiten trascender. Y siento que voy a explotar, que de mi pecho
va a brillar un haz de luz eterno que no sabe dónde esconderse, si es que
puede, si es que debe. Es a él a quien anhelo.
Mientras, en esta nube de oscuridad, en este camino que no
es mío ni es de nadie, mi alma resopla. Está cansada. La inmortalidad pesa tras
los barrotes de esta jaula terrenal, bajo las cadenas del olvido racional, que me
impide recordar. Lloro. Las lágrimas de lo intangible recorren el fuego de mi
ser, si es que soy en absoluto, si es que sigo en algún lugar perdida bajo las anclas
del tiempo.
¿Miedo? ¿Ira? Nada de eso. Pesar. El pesar del esfuerzo.
Estoy cansada. Mi alma araña la puerta del mundo. ¿A dónde quiere ir? ¿A dónde
voy? Ojalá lejos, donde nadie -yo misma- pueda alcanzarme.
Quién diría que se puede huir de uno mismo, romper y, al mismo tiempo, desearse con tanta fuerza. Correr lejos de ti, hacia ti, para ser y dejar de ser a la vez, porque es lo que más sentido posee este momento. ¿Amor? Infinito. ¿Hacia quién? Hacia esa parte de mí que no es todo pero que es más yo que mi yo completo.
Y es que rompí conmigo misma. Y el mazazo del dolor, del desamor y la
agonía me azotaba. Ahora me busco, como siempre me busqué. Pero esta vez avanzo
con el verdadero deseo de encontrarme, y no con la cómoda tranquilidad de
asumirme completa simplemente con el conocimiento de que existo, sino con la
certeza de sentirme, que no se halla con la cabeza, sino con la mirada del alma.
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