Desgarradores tus besos, que me empañan el alma y me calientan los huesos. Agonizantes tus caricias, que me hacen querer fundirme en tu cuerpo y olvidarme de todos mis miedos.
Tal vez, y solo tal vez, no estemos condenados al tiempo, a ese concepto abstracto que nos impide ser eternos, porque yo te juro que cada vez que tus ojos se posan en los míos, el mundo se detiene, las aguas se estancan y las agujas del reloj dejan de funcionar, como si todo a nuestro alrededor conspirase para concedernos un minuto más, sólo uno.
Suéñame en las noches sin luna y en los días nublados, en los de lluvia y en los de verano. Regálame suspiros, pues mi alma vive de ellos, y yo te envolveré las sonrisas que hay entre beso y beso.
Y cuando tu cuerpo esté marcado por mi pintalabios, y tus brazos formen mi cobijo, cerraré los ojos y contaré silencios, esos silencios que no son nada pero que lo significan todo, los que hacen que nos comuniquemos con latidos y no con palabras. Esos, al fin y al cabo, son los que envuelven corazones y espantan quimeras, los que abren y no cierran.
Así que fundámonos en las arenas del desierto, que se asemejan bastante al infinito, durmamos en el océano, que parece no tener fin. Huyamos siempre hacia donde las barreras se extingan, donde las fronteras se borren y los límites desaparezcan, porque será allí donde podamos ser eternos, inmortales, perpetuos. Donde podamos, finalmente, ser.
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