domingo, 20 de noviembre de 2016

Carta desde otra vida.

Te prometí una eternidad, mi amor. Pero las eternidades, como la vida, son a veces dolorosamente cortas, amargamente insuficientes. Tu ausencia así lo confirma, mi espíritu así lo llora.
No te pude dar un infinito, pero me conformo con haberte dado algo todavía más valioso: mis días.
Y quizá sea muy poco, quizá sepa demasiado a consuelo. Pero que te haya dejado de dar no quiere decir que no te vaya a dar más, al menos, no del mismo modo.
Ahora estoy al alcance de darte mi inmortalidad, de regalarte mi inexistencia, la cual te aseguro es mucho más duradera.
Y no he olvidado las tardes de verano sentados junto al lago, con mi cabeza reposando en tu regazo mientras esa dulce melodía restallaba en tus labios, el sonido de las palabras llenando el espacio, tu alma y la mía de la mano.
Y te juro que nunca fui más feliz que cuando me levantaba por las mañanas y saboreaba el exquisito placer que suponía contemplarte a mi lado, hermoso, plácido y sereno, como un río bajo el cual hay todo un mundo desconocido. Pues así te recuerdo, así te celebro.

Y no pienses ni por un instante que me olvido de nuestro manzano, aquel bajo el cual nos resguardábamos del sol, aquel con el que tantas cosas compartimos y que tantos misterios nos guardó.
¿Y qué me dices del día en el que me vendaste los ojos para llevarme al que tiempo después se convertiría en nuestro sitio secreto? Si, aún me acuerdo, aún lo venero. Y duerme en una esquinita de mi ya inexistente corazón, a salvo, para despertarlo cuando te eche de menos.
Apenas te acababa de conocer y ya pensaba que eras un loco, un insensato de esos a los que nada les importa. Y lo eras. Lo eres. Y a pesar de eso, y quizás precisamente por ello, casi me atrevería a confesar que mi alma ya te había hecho suyo.

Ahora, mi amor, me he ido. Nada podemos hacer. Y quizás me lo reproches, pero no te culpo, yo también lo haría.
Te prometí mi infinito y pienso dártelo, así como tú me juraste el tuyo y así como yo lo he conservado.

Sé que nunca leerás esto. Básicamente porque conforme lo escribo se va borrando. No deja rastro. Pero también sé que ahora mismo te hallarás desconcertado y ¡oh, dioses!, ¡qué no daría yo por volver para poder, al menos, o como mucho, explicarte que no fue mi decisión y que tus besos me saben hasta en el infierno. Tal vez abusaría de mi suerte y me atrevería, pícaramente, a dirigirte una última mirada, a abrazarte y fundirme en tus huesos.

Pero te regalé mis días y ahora te regalo mis ausencias. Desdichado el amor, que nunca perdura, que nunca vive, pues nosotros, lo amantes, condenados nacemos a que nos queme el recuerdo.

Por favor, deja de visitarme, de buscarme cuando ni siquiera me he escondido.
Mi eternidad está contigo. Siempre lo estará, tal como te prometí, tal como te aseguré que estaría.
Y si acaso no me crees, tal como tus lágrimas sugieren, tan sólo cierra los ojos, vuelve atrás y amontona tus memorias, pues nunca desapareceré del todo mientras las tengas presentes.
Esa es la perpetuidad que te regalo, el infinito ansiado y garantizado. Mi presencia en tus manos.
Y aún cuando mi olor abandone tu nariz, cuando mis caricias se despeguen de tu cuerpo o mi mirada se nuble en tu espíritu, aún incluso cuando tu piel roce otra piel ajena a la mía, todavía entonces, mi amor, seguiré contigo, pues nada motiva más a una quimera que los lazos que la atan a la vida.



-Palabras olvidadas de una fiel enamorada-

viernes, 18 de noviembre de 2016

Mucho más.

Nunca se planteó la realidad puramente ideal que supondría probar sus labios. Esos labios que prometían infinitos y sugerían inexistencias. Esos labios que, por otra parte, eran sólo labios, pero labios cargados de certezas.
¿Qué se sentiría al besarlos? ¿Al posar los suyos propios, tan sólo ligeramente, sobre los de ella? Aunque no hubiera sucedido, al menos no en su plano existencial, no en su muda realidad, casi sería capaz de describir su sabor exacto, su ternura y las miles de chispas que harían saltar en su solitario y hastiado corazón.
¿Pero acaso quería él revivirlo? ¿Proveerlo de identidad y armarlo con sentimientos? Tal vez no era la mejor idea, tal vez lo más sensato fuera tan sólo dejar el caos como era, el desorden de su materia.
 Pero tampoco sentía que fuera su decisión, pues cuando veía cómo un mechón se soltaba de su despreocupada coleta... ¡Oh mundo! ¡Qué no hubiera dado él por ordenar su diván! ¡Por dejar que ella misma lo hiciera!
Pero todo esto tenía lugar en la sombra. Sentimientos escondidos, realidades innegendradas, ventanas con pestillo y cientos de habitaciones abandonadas.
Su alegría era infinita con tan sólo observar sus labios, y no le hacía falta imaginar cuentos de hadas, pues sabía exactamente cómo sería probar esas ambrosías divinas, aún sin haberlo hecho, aún sin haberlo pensado siquiera.
¿Cómo era esto posible si apenas lo había idealizado? Tal vez fuera virtud de dioses, hechizo profundo o mentira oculta, saber las cosas sin ser, crear realidades sin ver.
La única certeza conquistada era su presencia junto a la de ella, sus manos sosteniéndose, sin dejarse caer.
Y sólo este gesto, la caricia de sus dedos contra su palma, le bastaba para saber que sus almas ya estaban entrelazadas, enredadas hasta el último cable, indistinguidos el principio ni el final.

Y así ella misma lo sabía sin saberlo, pues notaba la ingravidez de sus palabras, el peso de sus almas.
Conocía el destino de sus vidas y recordaba el futuro, lo no vivido pero sí percibido, de alguna forma inexacta.

Esa era su verdadera pasión y no otra: el choque de sus espíritus, coronación de sus entrañas.
Y por ello sus besos no eran besos. Sus miradas no eran miradas.
Había más, mucho más. Y ni tan siquiera ellos eran capaces de conocer el final.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Viento.

Siempre quise ser viento. Pero no solo una brisa, sino también un huracán.
De esos que te alborotan el pelo y el alma. De esos que crees que te van a hacer volar.
Me gustaría poder fundirme en el aire de noviembre y convertirme en parte de él. Poder ser el viento que mueve las olas del mar o el que hace que el fuego chisporrotee. Ese qué sientes tan dentro que crees que va a vaciarte entero.
El que agita los árboles, el que dificulta el vuelo. También el que te trae el olor de la lluvia o el que acompaña las carreteras.
Ese tan frío y helador procedente del Pirineo, incluso el suave y sencillo cierzo de verano.
El huracán de Montana, el que no deja rastro ni cuerpo.
Simplemente ser infinito, seguir mil direcciones y no llegar a ningún destino.
 Simplemente ser, sentir y vivir.
Simplemente ser impredecible, incontrolable, salvaje y suave.
Quiero ser viento, quiero ser el tiempo. Quiero ser la causa y el efecto.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Misericordia.

-Milady, si acaso pudiera describirse con palabras los sentimientos que ahondan mi alma con respecto a lo que considero mi vida, el mar, no dudéis un instante que las emplearía. Pero lamentablemente, no es el hecho que nos acontece.
-Y si acaso se pudiese, humilde marinero, ¿cuáles serían las palabras que vos utilizaríais y que más acertarían a describir la razón por la que tanto idolatráis dicho elemento?
-Ay, señorita, me ponéis en un compromiso. Si acaso se pudiera, le diría que el mar es incondicional. Nada ni nadie pueden hacer mejor compañía que él. Si las palabras de las que disponemos le hicieran justicia, le diría que es como el cuerpo del amante al que el infiel siempre regresa.
      Ni por un instante dudaría al aseguraros que lo más bello de él es, sin duda, su intempestuosidad y su espíritu salvaje, ya que de todo necesita pero de nada depende. ¡Y su libertad! No sólo la que le puede hacer sentir cuando surque sus olas, sino asimismo la que a sus propias aguas caracteriza, aquellas capaces de hacer enloquecer a un hombre cuerdo.
-¿Y por qué perder el juicio por ellas?- preguntó extrañada la muchacha.
-Porque vos daríais lo que fuera por volver a sentir el olor salino que de ellas se desprende, todo cuanto poseéis, aún sabiendo que el mar no le necesita a usted. Y sepa su persona que ésta es la más peligrosa de sus virtudes, pues nunca se desea nada más desesperadamente que aquello a lo que provocáis indiferencia.
-¿Y qué ocurriría si le perjurase que existe una mujer con las exactas cualidades con las que os referís al mar?
-Le rogaría misericordia.