Querido amor de mi vida:
La primera vez que te miré a los ojos lo supe. Las motas
doradas de tus iris se lo susurraron a mis pupilas con indiscreción, tus labios
lo escribieron sobre mi frente y tu media sonrisa firmó la sentencia. Así, cada
una de tus caricias recorre las líneas que el destino traza sobre nuestras
pieles y cuando cierro los ojos sobre tu pecho lo sé, sé que estamos condenados
a las tempestades del dolor y el duelo. Sé que nuestros corazones se refugian
bajo la burbuja de los latidos de la esperanza, creando un escudo ante el que
protegerse de la devastadora realidad que nos acecha. Y cuando percibo tu
respiración bajo mis párpados, sé que el tiempo contiene el aliento, dejando
tras de sí cientos de suspiros como evidencia.
Pero cada vez que tu risa y la mía se unen, formando la más
bonita de las melodías que he escuchado, sé que los rayos de sol desafían con
firmeza a los truenos que anuncian tormenta. Así, no importa cuán devastador
parezca el horizonte, seguiré la hoja de ruta que marcan los lunares sobre tu
piel, trazando un mapa hasta el lugar exacto en el que se aloja tu alma. Y qué más
podría decirte, si los dioses mismos me lo han susurrado al oído: el verdadero
amor no consiste en andar sobre caminos de amapolas, sino en convertir las
tierras yermas en campos de cultivo. Sólo aquellos que se aventuran a sentir
sin miedo, a saltar sin impulso y a volar sin alas, son los afortunados que
merecen los latidos alocados de un corazón enamorado. Quién soy yo para negar
la palabra de los divinos.
En definitiva, Mi Amor, solo quiero decirte que, aunque los
vientos de la vida nos empujen en direcciones distintas, desafiaré al mismísimo
Eolo y liberaré a los temidos Anemoi para que soplen a mi antojo. Y, si al
final del huracán me esperan tus labios, merecerá la pena el vaivén de este
vuelo desenfrenado.
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