jueves, 17 de mayo de 2018

Delirio


 Siento las agujas de tus besos clavándose en mis entrañas y los suspiros de las estrellas sobre nosotros. Algo dentro de mí se revuelve nervioso ante la certeza de las emociones apoderándose de todo mi ser sin raciocinio alguno. Tus manos dejan tras de sí pequeñas marcas silenciosas sobre mi piel que arden con la intensidad del sol de verano, pese a que el frío de enero parece materializarse entre nuestros alientos. La ternura de tus gestos me transmite serenidad y calma, como si estuviese en casa, como si nada hubiera cambiado, aunque no hay ni un solo resquicio por el que puedan colarse los recuerdos.                                      
Cuando apoyo mi frente sobre la tuya y nos miramos, el tiempo se paraliza por un momento y tus pupilas se dilatan ante las mías. Sonrío. Quizá está bien esto de dejarse llevar, el no pensar y el vivir simplemente sintiendo lo que has de hacer, sin preguntarte qué es lo correcto y qué no lo es. Supongo que es preferible la calma de un recuerdo bonito que el dolor de haber intentado direccionar lo que no debe ser direccionado. La comprensión y la complicidad, sobre la inseguridad.

Puedo admitir, sin asomo de duda, que conozco cada cicatriz de tu cuerpo y las expresiones de tu boca cuando ríes o lloras. Puedo decir, sin miedo, que permanecerán en mi memoria para siempre; y esa certeza cobra la fuerza de un mazo que cae sobre la cuidadosa tela que yo misma había construido sobre mi corazón, rompiéndola sin miramientos. Pero nada importa, sólo el juego de dos latidos sincronizados que se susurran en las noches sin luna y en los días tormentosos, buscándose sin encontrarse.                                                                                                                
Tus dientes aprisionan mi labio inferior con pasión, desgarrando la realidad que amenaza con descomponernos. Y cada vez nos sumergimos más y más en ese frenético deseo que nos envuelve con la delicadeza de un primer beso, de un primer “te quiero”.

Y de repente. Abro los ojos y despierto. Todo ha sido un sueño. El fantasma de tu risa es palpable en el aire, pero ya se ha ido. Miro al techo con el rostro impasible y me levanto, fingiendo que no siento el roce de tus labios en mi frente, haciendo caso omiso a las protestas de mi corazón.

Mi vida sigue. Y la realidad de tu ausencia es la apabullante prueba de que sí, de que merece la pena el dolor de los recuerdos frente al delirio exquisito de una caricia, de una mirada infinita.

Espero poder coser mi preciosa tela despedazada.

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